30.12.08

Carranza


Fotografía © donde se esconde el sol/ www.flickr.com

Decían que era un problema congénito, aunque nadie había visto nunca una prueba médica de tan temeraria aseveración. Lo cierto es que nadie se explicaba de manera lógica por qué un hombre que creció rodeado de tanto afecto y bienestar, se había habituado a despreciar de esa manera a sus semejantes. Era algo que no podía y a veces parecía no querer controlar, pese a los inconvenientes que esta mala actitud le había causado desde sus años escolares. Despreciaba por igual a amigos y enemigos. La mayor parte de las veces no podía disimularlo y hasta buscaba expresamente el gesto o las palabras más adecuadas para comunicar con la mayor contundencia posible el pobre concepto que tenía de la gente. Cuando la buena educación, que a ratos recordaba tener, o simplemente el interés de no arruinar una relación que le aportaba o podía aportarle algún beneficio, le impedían proferir algún dislate, su sonrisita burlona o sus ojos displicentes lo delataban irremediablemente.

Carranza tenía más de una razón para considerar a todos cuantos le rodeaban como seres inferiores en el mundo de los vivos. Podían ser y de hecho eran la mayor parte de las veces, las diferencias de información que había entre él y los demás. Le divertía, por ejemplo, escuchar a la gente especular acerca de temas respecto de los cuales él se hallaba mejor informado y los miraba con inocultable lástima. Pero podían ser también las diferencias de personalidad. Así, menospreciaba a los tímidos, a los que tardaban algo en hallar las palabras para expresarse mejor, a los impulsivos, a los gentiles, a los osados y en especial a los agresivos, pues le obligaban a prescindir de sus máscaras y a vomitarles su odio sin eufemismos de ninguna especie.

Era sin duda un hombre inteligente, recorrido y decidido. Además, cuando se trataba de ganar la voluntad de algún sujeto con más poder que él, podía llegar a ser insospechadamente persuasivo. Se sabía capaz de halagar e impresionar a estos personajes, convenciéndolos de merecerles una opinión exactamente opuesta a la que en realidad tenía de ellos. Quienes lo conocen desde los tiempos en que no ocupaba ningún lugar jerárquico en institución alguna, lo recuerdan más amable y algo más necesitado de aprobación social. Pero creen recordar también que el bicho de la arrogancia ya residía en su alma. Es más, antiguos compañeros de oficio dicen que su estrategia para escalar posiciones fue hacer visible de manera discreta pero sistemática los defectos de sus colegas, protegido siempre en el valor de la sinceridad, y sugerirles a sus jefes, de un modo más o menos tácito pero reiterado, las cualidades que hacían de sí mismo un profesional superior.

El problema de Carranza residía en su profunda incapacidad para sostener una discusión con personas tanto o mejor informadas que él, con similar experiencia, mejor control de sus emociones y, por añadidura, bastante poco necesitadas de su amistad o sus favores. Es que el resultado de esa peligrosa combinación podía significar por ejemplo que sus insinuaciones fueran detectadas y respondidas de inmediato; u obtener como espontánea reacción a sus ironías un sarcasmo más contundente, exponerse a argumentos muy difíciles de refutar con una simple burla o ser víctima de mortíferas laceraciones a su vanidad. Como comprenderán, tenía pavor al ridículo.

Cada vez que esto pasaba o podía pasar, Carranza se ponía mal. Y su malestar podía tomar múltiples formas. A veces le bajaba la presión, logrando que sus interlocutores tornaran su fastidio en compasión y lo colmaran de atenciones. Otras veces se aventuraba en una extenuante apología de sí mismo, mostrándose como un luchador honrado e infatigable a favor de las mismas causas de sus eventuales co-tertulios y, al mismo tiempo, una pobre víctima de sus circunstancias. Cualquiera de sus ardides, sin embargo, no servían en absoluto para atenuar su desprecio. Podía modular su agresividad, pero seguía considerando a la gente que osaba disentir de sus decisiones, tosquedades o agravios como sus adversarios y a sus adversarios, como insectos que merecían ser aplastados.

El hombre revuelve su café. Acomoda los gruesos lentes en su ajado rostro y relata con voz grave escogidos episodios de su penosa trayectoria, como dando cuenta de una santa cruzada contra la ignorancia, la incompetencia y la deslealtad de la que estuvo infortunadamente rodeado el camino de su vida. Abre los ojos, agita el puño, golpea el escritorio con sus gafas para acentuar sus palabras y resaltar el pretendido heroísmo de sus decisiones, esforzándose por asignar un tono épico a aquella caprichosa versión de su propia historia. Ahora sin poder, despreciado y desplazado a su vez por gente como él pero con credenciales mayores, Carranza se siente envidiado e incomprendido. Intentó en vano regresar al mundo del que provino. Su repentina, esforzadísima y desconcertante afabilidad no fue suficiente para inducir a sus viejos conocidos a olvidar tan fácilmente su casi biológica incapacidad para dejar de despreciar incluso a la gente que le amaba.

LGO, 29 de diciembre de 2008

Elogio del cansancio


Fotografía © s-revenge/ http://www.flickr.co/

Primero es abrir los ojos, despegar los párpados y fijar la vista en la luz que penetra las persianas de mi habitación. Después vendrán la ducha y el café, la rauda revisión de mis últimos e-mails, el primer taxi del día, los buenos días de rigor, el teléfono, el encendido de mi máquina, mi primera conversación. Al iniciar cada mañana mis rutinas se desperezan, se acomodan y se ordenan lentamente a la espera de su turno. Todas tendrán su tiempo y lo saben, pero hay una que no podrá aguardar e invadirá con obstinación el lugar de las demás, una y otra vez, en cualquier recodo del día. El sueño se agazapa siempre en las rendijas. Será quizás por ser la más traicionada y desairada, la que más crédito me otorga desde hace tantos años y la que más derecho tiene de cobrarme la abultada cuenta. Será quizás porque tampoco me disgusta estacionarme en esa mágica y difusa frontera que lo separa de la vigilia diligente, levantando por instantes la lona en que se esconde la zona más oscura de mis pensamientos.

El sueño se agazapa siempre en las rendijas. Podrían ser las vitaminas, podrían ser algunas de mis demás rutinas, agregándose unas a otras sin permiso de mi cuerpo ni piedad con mi atormentada espalda, podría ser la ansiedad por todo lo que deseo o necesito hacer y no consigo terminar o empezar siquiera, podría ser por la angustia que regresa a ratos con terquedad, consumiendo mi hemoglobina con la misma voracidad de hace dos años. De un modo u otro, el sueño se agazapa siempre en las rendijas. Muchas veces quiero pero no puedo evitarlo, aunque sí he logrado impedir que interrumpa mi quehacer, mi quehacer desesperado, mi afán empecinado en recuperar el excesivo tiempo invertido en sembrar y sembrar a lo largo de mis vidas anteriores, en mis múltiples ensayos, en mis numerosos errores, en hallarme al fin y en decidirme a ser sin más permisos.

Es verdad, el sueño se agazapa siempre en las rendijas. Pero eso es bueno, si lo miramos bien. Es bueno dejar que el sueño nos invada, a tiempo y a destiempo, para no levantar tienda en las rutinas ni dejarse seducir por la falsa sensación de la llegada, para no poner la vida en automático, para no caer en la tentación de mirar para atrás. Por segundos las brumas se hacen claras, las emociones contenidas adoptan la forma de algún extraño personaje, los mundos se salen de sus órbitas y de pronto se rozan, iluminando por instantes los habitualmente oscuros caminos del encuentro. No dura mucho, es verdad, pero me basta. El sueño se agazapa siempre en las rendijas, como un destino. No me disgusta. No demasiado. No siempre. No si no me obliga a parpadear cuando mis ansias están de ojos abiertos. Apenas eso.

28 de diciembre de 2008