22.3.06

Instante


El hombre se va / Copyright ©2006, juan carrillo

Déjate llevar por la brisa imperceptible de esta mañana vacía. Escapa de tus especulaciones, huye de tu melancolía, renuncia a imaginar el día siguiente, no pienses más en lo que harás más tarde, tampoco te abandones a la incertidumbre de la próxima hora. Ahora estás solo, a merced de la música y el leve ruido de los autos que pasan ocasionalmente bajo tu ventana. Ahora solo hay lugar para disfrutar esta extraña sensación de nada, que te paraliza y a la vez te impulsa a correr o a entregarte al sueño. No pienses más, es inútil. Apaga tu mente un instante, vacíate de nostalgias y pronósticos. Sólo este dolor en el pecho, que al menos te recuerda que todavía estás vivo. Sólo esta ventana hacia ti mismo, ahora entreabierta. Apóyate en ella y contémplate, mírate, descúbrete, antes que se te vuelva a cerrar. Sólo por este instante, sin embargo, no me cuentes lo que ves.

© LGO 2006

¿Quién soy?


pulpo del bosque/ Copyright ©2005, juan carrillo

Tarde o temprano, llega un momento en la vida en que esta pregunta cobra sentido ya no a partir de la búsqueda de una esencia, que después de tanto buscarla llegas a comprobar que no existe, o de una enigmática predestinación, cuya suposición nos resultó tan cómoda algunas veces, sino de un simple balance de lo actuado.

Ha costado aceptar a muchos que no llevamos ningún chip en el alma con una identidad codificada de antemano, sino un sencillo cuaderno de bitácora, listo para llenarse de notas, garabatos y borrones, de bocetos y mapas, de crónicas y señales. Donde cada nueva página representó una posibilidad que decidiste llenar de una entre miles de otras formas igualmente deseables. Allí están pegadas tus flores secas, tus servilletas sucias con escritos memorables, la humedad de una lágrima sobre la tinta de una frase ahora ininteligible, tus viejas fotos, conservando impiadosas rostros que quisieras olvidar, el dibujo de tus sentimientos ocasionales, quizás tus deseos más negados, quizás tu rabia, tu esperanza o tu resignación.

Naturalmente, si lo vuelves a leer te darás cuenta que todo, absolutamente todo, se pudo organizar de otra (s) manera (s). Si la página que arrancaste hubiera permanecido en su lugar, si hubieras quitado esta otra, si esta pequeña historia se hubiese contado de otra forma, si nos hubiéramos ahorrado ese poema, si habríamos transpuesto esa furia o caminado de costado por el abismo de ese olvido. Tantas cosas pudieron ser distintas. Tanto dolor pudo haberse evitado. Tanta felicidad pudiste no haber conocido jamás.

Te guste o no, ahora eres lo que elegiste. Pero, repítelo 100 veces, lo que elegiste no fue un destino. Sólo una opción en un juego de probabilidades con infinitas posibilidades de combinación. Giambatista Vico decía, en la lejana edad media, que conocer la realidad no era más que colocar las cosas en un bello orden. ¿De cuántas otras bellas maneras se puede seguir colocando ahora las cosas que componen la realidad de lo que somos o de lo que creemos ser?

Quizás, entonces, la pregunta inicial no sea esa. No me es posible saber quién soy. Sólo puedo intentar saber qué es lo que he hecho de mí hasta hoy y, en todo caso, qué es lo que quiero hacer de mí en adelante. Pero, que lástima, Von Neumann o Nash no me bastarán para jugar un juego donde la razón es tan sólo una ficha. Podría ser mejor releer Rayuela.

© LGO 2006

Instrucciones para sufrir


angst to light/ Copyright ©2005, juan carrillo 2004

No, no, sobre esto no escribió Julio, así es que no se trata de un plagio. Ocurre simplemente que, por ese tipo de motivos que no alcanzas a entender y que de pronto te asaltan de manera inexplicable, sentí la necesidad de hacer un pequeño recuento de las diversas e ingeniosas formas en que podemos provocarnos en el alma, sin quererlo a veces pero queriéndolo con más frecuencia, desde un pequeño dolor imperceptible, aunque tenaz, hasta un sufrimiento letal.

Naturalmente, traer al recuerdo un acontecimiento triste y funesto puede ser siempre eficaz, no importa si reciente o rescatado del olvido, pero lo es más todavía cuando cada vez que lo evocas -porque el secreto es repasarlo una y otra vez, en especial cuando están en medio de una tarea crucial de la que depende tu próximo contrato de trabajo- te esfuerzas por asociar su origen a un gesto tuyo, una palabra, una conducta cualquiera que fuiste capaz de cometer sin reparar en sus irreparables consecuencias. Esto agregará al dolor inherente al hecho y a las penosas secuelas que pudo dejar en el alma de algún prójimo muy querido por ti, el sufrimiento aportado por la culpa. Y todo a causa de lo que tarde descubriste como tu más estúpido error.

Si acaso no fuese suficiente, puedes intentar aumentar un grado adicional de suplicio, enfocando ahora la decepción que pudo haber provocado tu torpeza en las eventuales víctimas. Piensa por unos segundos como la imagen que trabajosamente te habías esmerado en proyectar e instalar en la generosa memoria de tus invocados personajes, después del incidente, en realidad, se hizo pedazos. Ahora lo descubres: no hay más nada que ocultar ni disimular. Ya todos saben quien eres. De este modo, a la pena y a la culpa, podrás agregar rápidamente el sublime dolor que aporta la vergüenza.

Pero no hay por qué detenerse. Si el sufrimiento purifica, todavía es posible limpiar más tu acongojada alma. Reflexiona ahora en lo irremediable de todo lo anterior. Es decir, detente a examinar hasta qué punto el daño que infligiste, la decepción que causaste, la vergüenza que sentiste y la culpa que se anidó en tu alma desde entonces, no podrán repararse jamás y atormentarán tu conciencia por el resto de tus días. Por cierto, para que esta última recomendación surta efecto y pueda lograr resultados óptimos por periodos muy prolongados, se aconseja no matarse.

© LGO 2006

21.3.06

Concentración


trabajando/ Copyright ©2005, juan carrillo 2005

Tengo que terminar de escribir esto a cualquier precio el día de hoy. Por fortuna, ya casi acabo. Sólo debo encontrar la frase precisa de un autor consagrado que respalde lo que modestamente afirmo aquí. Mejor si son dos. ¿En qué carpeta archivé el texto de Braslavsky? Lo he impreso 100 veces, pero vaya usted a saber dónde dejé las copias. Espera, que debe estar en este directorio. ¿Con qué nombre lo guardé? Mejor lo vuelvo a bajar del internet, es más rápido. Bueno, ahora que he abierto el explorer daré primero un vistazo a mis correos, solo me tomará un minuto. Aquí están... Vaya, no me responden todavía. Creo que se los voy a volver a preguntar, es cosa de un segundo. Ya. Ahora sí, Braslavsky. Ah, que ganas de un café. De veras que traje un café muy especial para hoy, vamos a ver si supera al anterior. Sí, necesito un café. ¿Alguien más quiere uno? Donde dejé mi taza, ah sí, ahora está por acá. Listo, en tres minutos esto empezará a oler. Braslavsky, no? sé muy bien qué frases suyas me van a respaldar, es sólo cuestión de tener su texto a la vista, recuerdo en qué parte lo dijo. Vaya, ya se siente el aroma, me serviré poco pero muy negro. Necesito tomar fuerzas antes de hacer inmersión en el océano de la bibliografía. Listo, ya estoy frente a mi pantalla y este café es de verdad delicioso. Miraré otra vez mi correo, no vaya a ser que ya tenga respuesta. Es una cosa rápida. No, nada aún. Cerraré esto. ¿Qué dice acá? Vaya, poner la web de La República como página de inicio tiene sus inconvenientes. Echaré un vistazo veloz a esta noticia, es que no puedo creerlo. Ajá, es como me lo suponía. Aquí hay más noticias relacionadas… No, cerraré esto, más tarde lo reviso con calma. Se acabó mi café. Estuvo buenísimo. A ver, dijimos que buscaríamos el artículo de Braslavsky en internet. Google... Aquí está, este es. Vamos a bajarlo de nuevo. Listo, lo abrimos ahora y a buscar la frase. Un momento, voy a dejar esta taza en la cocina, me molesta ver cosas sucias delante mío, no me dejan pensar. Sí, así está mejor. Pero mejor la lavo, qué me cuesta, no me agrada dejar lo que ensucio para que otro lo lave. Ahora sí. A ver, aquí está el texto. Vamos a poner algo de música, Bocelli me inspira, me despeja la mente. ¿Cuál de estos discos era el que tenía…? Ah sí, este es. Listo, un toque y ya. Bueno, Braslavsky… si, ya decía yo, aquí está. Si me acordaba perfectamente. La cita está hecha a la medida. Fabuloso. A ver, copiar… y pegar. ¿Me habrán contestado el correo ya? Voy a mirar rapidito. No puedo creerlo, al fin! Le voy a responder un toque. Ya está. Vaya, cinco correos nuevos, ni modo, tendré que abrirlos, ya estoy aquí. Ajá… Bueno, nada trascendente. Volvamos a Braslavsky. Ya tengo la cita, ahora hay que insertarla e hilvanarla con mi texto. Vamos a ver, esto no es difícil. Claro, esto tiene mucha coherencia, me gusta. Pero necesito otra frase. Quizás Reimers… ¿Qué texto era ese? Bueno, vamos a buscarlo. ¿En qué carpeta archivé el texto de Reimers? Lo he impreso 100 veces, pero vaya usted a saber dónde dejé las copias… Necesito un vaso de agua.

© LGO 2006

La maquina que producía discursos


sherie's old laundry/ Copyright ©2006, juan carrillo

Ocurrió en el año 3000, que un grupo notable de sabios fue convocado por el Gran Gobernante del hemisferio de occidente, enorme país ubicado a la izquierda del atlántico cuya comando polìtico se conservó siempre en Washington, a imaginar la educación que debían recibir los jóvenes del tercer milenio.

Para cumplir tan noble encomienda y sacando provecho de las ventajas que otorgaba la tecnología de entonces, estos sabios decidieron adquirir tres curiosas máquinas: una que buscaba o producía y sintetizaba información de cualquier naturaleza, otra que organizaba ideas con admirable sentido crítico y una tercera que elaboraba toda clase de discursos audiovisuales.

Durante seis largos años, los sabios dialogaron, analizaron y discutieron muchísimos temas, basándose en la abundante y muy bien seleccionada información que les entregaba la primera máquina, pero apoyándose también en la pulcra sistematicidad que aportaba la segunda al resultado de sus largas, complejas y muchas veces extenuantes deliberaciones.

Cuando al fin terminaron su trabajo y la segunda máquina puso las ideas resultantes, como gustaría decir a Vico durante la remotísima edad media de la humanidad, en un bello orden, colocaron el diminuto microchip en la celda maestra de la tercera máquina. Al instante, este artefacto empezó a producir numerosos videos tridimensionales que relataban de manera convincente la propuesta de los sabios, en todas las lenguas del mundo, siguiendo escrupulosamente, en cada caso, la manera de razonar de los muy diversas pueblos, grupos, castas y clases que caracterizaron siempre a esa región del mundo; y considerando, además, con cuidadoso ecumenismo, sus más controvertidos y contrapuestos intereses.

La historia registra que el impacto de estas novedosas ideas fue notabilísimo en la opinión pública nacional e internacional, sacando brillo a la ya preexistente y bien ganada fama de sus autores y haciéndolos objeto de numerosas distinciones, aunque la propuesta jamás se llegó a aplicar.

Las crónicas registran también, como hecho anecdótico, la cuantiosa fortuna –una de las diez más grandes de la época- de los dueños de la patente, es decir, de los nietos y bisnietos de los inventores de las maravillosas máquinas, un grupo de anónimos sudamericanos que a principios del segundo milenio asesoró a otro grupo de sabios en una misión similar y cumpliendo las tres mismas funciones, sólo que haciendo uso de manera artesanal y primitiva, aunque sin duda meritoria, de sus pequeños cerebros.

© LGO 2005

Acerca del exilio de la inconsciencia


something refreshing/ Copyright ©2005, juan carrillo 2005

Ernesto Sábato escribió: «Los tiempos modernos fueron siglos señalados por el menosprecio a los esenciales atributos y valores del inconsciente. Los filósofos de la Ilustración sacaron la inconsciencia a patadas por la puerta. Y se les metió de vuelta por la ventana. Desde los griegos, por lo menos, se sabe que las diosas de la noche no se pueden menospreciar, y mucho menos excluirlos, porque entonces reaccionan vengándose en fatídicas formas».

En el mismo libro escribió también: «Cuando en 1945, en "Hombres y engranajes", yo expresaba este mismo punto de vista, los intelectuales se abalanzaron contra mi libro con ferocidad e ironía. Pero, ahora, ante la vulnerabilidad o el fracaso de la razón, de la política y de la ciencia, el ser humano oscila en el vacío sin encontrar dónde enraizarse ni en el cielo ni en la tierra, mientras es atragantado por una avalancha de información que no puede digerir y de la que no recibe alimento alguno».

Todo parece indicar que el exilio de la irracionalidad supuso en su momento no sólo el exilio de la superstición y el prejuicio, sino también el de la emoción, la intuición, el impulso, la necesidad de lo gratuito y placentero, aunque no útil, así como de aquella confortable confianza sostenida muchas veces en los extraños mandatos del inconciente antes que en las frías evidencias aportadas por los sentidos. Es decir, supuso el exilio de nuestra otra mitad. Pero no todo está perdido. Leo ahora a Sábato y me consuelo enterándome que todavía podemos dejarle abierta la ventana.

© LGO

Veintiún años


(c) IGE 2005

Isabel cumple 21 años. Nueve de ellos los pasamos juntos. Sus primeras señales de vida en el vientre de su madre, la expectativa de su nacimiento, su primer gemido detrás de esa vitrina, la primera sensación de su calor sobre mis brazos, la ilusión de su llegada a casa, mi primer insomnio, la genuina felicidad de sus hermanos mayores al conocerla y esa sensación tan explicable de esta si la hago bien que me invadió desde el primer aviso de su posible arribo a mi vida, son recuerdos esenciales que hablan algo de mí mismo y que han quedado registrados bajo mi piel.

Cuando cumplí 20 años nunca imaginé que tendría hijos con los que no iba a convivir hasta el siguiente ciclo de su vida. Cuando cumplí 29, tampoco sospeché que el nacimiento de Isabel no clausuraría esa maldición. Pero logré escribir al menos, con esfuerzo y con mucha ilusión, aunque también con torpeza y necedad, algunas páginas limpias de la historia que ella misma podría relatar ahora para explicarse a sí misma.

No es momento de hacer balances, estas líneas pretenden ser, humildemente, una pequeña conmemoración personal, absolutamente egoísta. Por eso quiero declarar que, más allá de mis errores, de mi impaciencia, de mi ignorancia o de mis tontas obstinaciones, han sido 21 años en los que nunca dejé de estar presente en su vida, dándole en todos los instantes y créanme que contra viento y marea, el testimonio de mi compromiso, respeto y disponibilidad.

He llegado a esta edad de mi vida con el mismo patrimonio con el que nací, es decir, con nada. No tengo casa ni auto ni acciones ni cuenta corriente ni ahorros ni mayores propiedades que mis libros, mis discos y mi ropa. Lo que sí tengo es el orgullo de haber sido para Isabel y para sus hermanos, presencia constante, pañales limpios cuando fue preciso, biberón de medianoche, cuentos para dormir, medicina cada cuatro horas o pomadita en la rodilla, baño con champús que no hagan llorar, acertijos bobos, tabla de multiplicar, canciones a toda hora, cómo no, máquina incansable de producir dinero, auto postergaciones inevitables, mascotas por doquier y dolor sincero por cada estupidez que cometí en su nombre cada vez que me detenía a pensar lo que estaba (o no estaba) haciendo.

Lamento tanto no haber sabido hacer más. Pero, veintiún años después, creo que Isabel lo entiende. El dulce amor que me regala cada vez que me encuentra es, por eso, no sólo una prueba de la generosidad de su memoria sino, además, mi mejor herencia.

© LGO 2005

Máquinas de escribir


Julio Cortázar en su casa de París/ Foto (c) Pepe Fernandez 1979

Me enteré hoy con sorpresa que Woody Allen no tiene dirección de correo electrónico y que tampoco usa computadora. Más aún, parece que redacta los guiones de sus películas en la misma máquina de escribir con la que escribió su primer guión. Romántico y admirable.

La preferencia por este viejo artefacto –comparándolo con las enormes ventajas que otorga una PC- podríamos considerarla un arcaísmo y, sin embargo, es bueno recordar que las primeras máquinas de escribir fueron muy censuradas en su momento, por «deshumanizar» a la gente, es decir, por homogenizarla, disolviendo sus identidades en nombre de la velocidad. Estamos hablando del siglo XIX, pues el primer proyecto conocido de máquina de escribir data de 1837, atribuido a un tal Ravizza.

Filósofos de la talla de Heidegger llegaron a decir que «escribir a máquina quita a la mano el rango que había ocupado en el ámbito de la palabra escrita y degrada la palabra a ser un medio de transporte», peor aún «oculta la grafía de la mano que escribe y, por consiguiente, el carácter de la persona».

Es curioso, pero tan endemoniado aparato no impidió, por ejemplo, el surgimiento de genios entrañables como Julio Cortázar. Julio llevaba siempre en sus viajes, que eran bastante frecuentes, una pequeña máquina de escribir portátil y se sentaba a escribir plácidamente en cualquier rincón, en la antesala de los ministerios, en su cuarto del hotel o donde lo sorprendiera la espera. Parece que ha sido considerable la producción literaria de Cortázar, incluidas sus famosas cartas, efectuada durante sus continuos viajes y en lugares de tránsito desde su modesta y rudimentaria maquinita.

Yo escribí a máquina con deleite hasta 1987, en que tuve mi primera y definitiva experiencia con un computador. Confieso que no me disgustaría volver a utilizar una, volver a vivir la sensación de la fuerza que cada palabra exigía a los dedos para poder aparecer sobre el papel y la concentración que se necesitaba sostener durante largos periodos para coordinar todos tus movimientos y que las frases te salieran perfectas.

No me disgustaría, excepto por una cosa: las toneladas de papel que se termina arrancando y arrugando, cuando los errores tipográficos se acumulan uno tras otro o cuando te empieza a disgustar la manera como construiste las frases o el orden en que colocaste las palabras o el dato demás o el nombre de menos o el conector o el adjetivo que le sobra o le falta. Más aún si el borrador líquido se te acabó o no sabes dónde lo dejaste la última vez. O si se gastó la cinta y no tienes repuesto en casa y es domingo por la noche. Es que no tengo el talento de Woody, a quien probablemente le salen los textos en limpio de una sola carrera… ni tampoco asistentes que los corrijan con pulcritud en penthiums de última generación. ¿Los tendrá él?

© LGO 2005

Amnesia


óxido de pimentel/ Copyright ©2005, juan carrillo 2004

Había conservado todo, syllabus, materiales de lectura cuidadosamente escogidos, numerosos textos escaneados y editados con esmero, los mejores trabajos de mis alumnos, mi tabla de criterios para la calificación, la nómina de los cursos y un pequeño baúl de insumos muy variados, de donde podía extraer fragmentos de artículos bastante largos pero importantes y que había seleccionado con paciencia a costa de muchas horas de navegación por la web. Tratándose de diez años de docencia, podrás imaginar el volumen de todo lo que pude acumular en esa antigua carpeta.

También tenía allí, minuciosamente clasificados, todos los materiales de la investigación que hice para la Van Leer hace cinco años, datos, entrevistas, cuestionarios, fichas de observación, todos mis registros, pulcramente trasladados de toneladas de papel escrito a mano por mis asistentes de campo, traducciones invalorables de artículos en inglés, una inmensa bibliografía sobre habilidades para enfrentar conflictos en niños pequeños, que me costó mucho reunir, mis informes preliminares, las cartas de mi asesora, mi informe final completo, mi resumen de 100 páginas y mi artículo de 30 páginas, redactado para su publicación.

Estaban también mis viejos poemas, rescatados a duras penas de los viejos discos de 5 ¼ pulgadas desde principios de los 90, así como pequeños pero numerosos relatos escritos en muy diversas circunstancias durante quince años seguidos, anclando cada uno fugaces instantes de admiración, desconcierto, tristeza o melancolía. También mis cartas, los poemitas de Pablo, los artículos que publiqué, los que estaban en cola para ver la luz, los que estaban a medio vestir, esperando una oportunidad.

Que decir de mis monografías, mis informes de lectura, los numerosos trabajos bibliográficos que elaboré con afán y que archivé con orden insospechado a lo largo de tres años de estudios de magíster, para no hablar de los materiales de mis cursos, las presentaciones audiovisuales, las cartas de mis compañeros, las fotografías del paseo a Valparaíso, los poemas de Simón, las direcciones…

Podría continuar, pero es ya inútil hacer el inventario. Nada de eso existe más. El disco de mi maquina se dañó y jamás podré volver a abrirlo. Nadie hasta ahora me ha podido ayudar a sacar toda la vida que pude acomodar en sus sectores durante cerca de 15 años. Recordaba esta mañana –todavía puedo hacerlo- que desde mi primer cambio de colegio, en la primaria, hasta mi último divorcio, me la he pasado volviendo a comenzar una y otra vez, a veces con tal perseverancia que a ratos pareciera que mi nombre es la única constante que he podido conservar en cuatro décadas. Será quizás por eso que esta súbita, inexplicable y absurda pérdida de memoria, al menos hasta hoy, no me ha sepultado en la tristeza.

© LGO 2005

Siempre es posible


flores secas/ Copyright ©2006, juan carrillo

Siempre es posible rendirse. Con el paso de los años, se van sumando los motivos para decir basta. Para decirle no a la brevedad del tiempo, a las promesas que no puedes cumplir, al sueldo que no te alcanza, a las llamadas que esperas pero que nunca haces, al perro que no puedes tener, al amigo que ya no frecuentas, a las infancias que perdiste, al dentista que abandonaste, a las clases de música que nunca llegaron o al bienestar que no puedes ofrecer a los que amas.

Siempre es posible renunciar. A las estafas de la esperanza, a la culpa de rigor, al dolor agazapado, a la alegría compulsiva con la que sueles espantar la muerte o a la necia perseverancia. Nos paseamos a diario por la frontera del abismo y nos decimos muchas veces por qué nos seduce tanto su paisaje. Cuanta oscuridad acumulada. Cuánto ha llovido en mi ventana, cuantas hojas han caído en primavera, cuántas cosas se ha llevado el viento en cada tarde de mi vida, cuántos espejos rotos, cuánta sal desperdiciada.

Siempre es posible escapar. Escapar del almanaque, del sillón, de la vereda, del recuerdo y la melancolía, de la nube en que se atascaron tus sueños, de la arrogancia de tus jueces, de los boleros en ritmo de salsa o de la ausencia que ya no puedes nombrar. Y, despojado de todo, de todo lo que te lastima o ilusiona, regresar a ser nada, clausurar el ciclo de los retornos y declarar la quiebra.

Es entonces cuando estar vivo te sorprende. Hay tanto material para el asombro. La obstinación de los días, la fugacidad de las noches, las sonrisas que aún logras arrancar cada mañana al cruzar la reja, la tierna ingenuidad de tus gatos, la canción de Lerner con la que pudiste ganar aquel concurso, las gotas tambaleantes sobre las hojas de tu pequeño arbolito o el simple hecho de escuchar una vez más tu nombre en el teléfono. Como no, la confianza de la gente y el abrazo, la memoria generosa, el perdón de los pecados, la alegría que a veces y los nombres que se asocian a algún recuerdo amable, como tantos en los que ya no piensas porque ahora son parte de ti.

Pero hoy no
Hoy quiero vivir

© LGO

Música es


Bubie, de Friburgo/ Copyright ©2005, juan carrillo

La verdad es que no se quien sea Ud. señor La Madrid. Por lo pronto, es apenas un pequeñísimo retazo del diario. Pero no me resulta difícil imaginar que nos haremos buenos amigos. Usted me va a enseñar a cantar.

Me he preguntado muchas veces por qué me seduce tanto la música. Cuál es el motivo de esta especie de obsesión o fanatismo que perturba mis horas, distrae mis oídos sin descanso, envuelve mis silencios, enfría mi tristeza, enciende mi alegría, atenúa mi enojo, aún estando solo o en presencia de terceros, no importa lo noble o lo estúpida, lo grave o lo trivial de la tarea que me convoca.

Dice Ramazotti que la música es mirar hacia lo lejos, dentro de ti mismo, la luz de los reflejos al fondo del abismo. Eso parece ser verdad. Sus melodías hacen soportable la más gris de las melancolías. Sus frases pueden reflejar lo que mis labios no pueden, no saben o no quieren expresar. Y te empujan al abismo de tus emociones o te rescatan de él.

“Soy rico de lo que no tengo” dice Lerner. Yo, como él, tampoco tengo “nada más que risas, lágrimas y sueños/ y estas ganas de volar”. Aunque sienta las alas cada vez más cortas. Afortunadamente, la música, continúa Eros, es “la inmensidad del cielo azul/ o tal vez mi pensamiento, mi quietud” y lo es a tal punto “que sin darme cuenta se/ que todo en torno a mí/ música es...”.

Mi cabeza no tiene aún una respuesta lógicamente ensamblada y gramaticalmente construida, pero lo cierto, lo definitivamente cierto es que cambiaría todo (o casi todo) por el privilegio de dedicarme a tiempo entero al noble arte de dibujar con palabras, melodías y voces la forma de mis sentimientos y de todos (o casi todos) los episodios de mi vida.

Por cierto, no sé si ese futuro soñado llegará alguna vez a realizarse ni si es razonable a estas alturas de mi vida aspirar a tan ingenua y narcisística banalidad. Pero sí se que, por lo menos, llegada la oportunidad y ante la inevitable condicionalidad de su duración, no ha de sorprenderme silbando una canción al viento al pie de mi ventana, sino ensayado y diestro en el arte de entonarla con la más estomacal de mis voces. Y de acompañarla con mis dedos, extrayendo organizados y agradables ruidos del teclado de mi órgano Casio, ese que aún no tengo pero que he de adquirir alguna vez y que he de aprender a querer, como a mis hamsters o como al keyboard de mi computadora.

Y usted me va a enseñar, señor La Madrid. Hoy marcaré su número. Prométame no más que lo haré, que no voy a postergarme otra vez por causa de mí mismo.

© LGO 1995

Viva la vida


conversation at the train station/ Copyright ©2005, juan carrillo 2005

El ­verdadero efecto mágico de una conferencia se produce recién cuando ­alguien, cualquiera que fuese, una vez que las luces del escenario se apagaron, emerge de la multitud y se revela ante ti detrás de una pregunta, con un rostro, un nombre, una dirección o quizás un teléfono, para ­inaugurar, sin la solemnidad de un brindis pero con su mismo sabor, un vínculo.

He ganado -porque ganar es el término preciso- muy buenos amigos a partir de este sencillo procedimiento: hablar en público primero y conversar en privado ­después. Y es que, en efecto, en esta suerte de ­fantástica prolongación dimensional que trasciende ­relojes, almanaques y geografías, jerarquías o roles, cada amistad recién estrenada aparece de pronto con antecedentes, que la hacen parecer antigua. Y en ­algunos casos, como de toda la vida.

Fue así como te conocí. No, no tiene nada de malo ­chuparse el dedo a esa edad había sido mi respuesta esa mañana. Pero recuerdo mejor tu sonrisa de alivio, tan bellamente reflejada en esos enormes ojos negros que después de aquel día no olvidaría jamás.

Y te encontré una segunda vez, exactamente al fi­nal de mi segundo acto en la misma universi­dad. Claro que me acuerdo de ti, te dije (¿cómo no recordar esa ­mirada, inmensa como un océano?). Y me preguntaste acerca de tu cuestionada vocación por los juegos y fantasías compartidas con tus niños. Y acordamos ­escribirnos. Y tres párrafos fueron, meses después, suficiente evidencia para sellar mi admiración por tu empeño de crecer con ellos, disfrutando su infancia, sin lastimarlos ni sentirte vacía, mal que le pese a las reglas fariseas de la educación formal.

Me he querido matar varias veces. Golpean aún mis tímpanos y mi corazón, aquella sorpresiva, absurda y dolorosa confesión de pasadizo que, en acto de ­confianza incomprensible y generoso, me hiciste aquella tarde. Siento que tú me puedes ayudar y no me preguntes por qué. Ese fue tu simple y definitivo argumento ­contra mi desconcierto.

Ese fue el inicio también de una amistad curiosa, iluminada, compleja a ratos, coloreada de una mutua e inocultable admiración, salpicada de in­con­tables ­charlas en escenarios a veces insólitos y fran­camente inolvidables, con aterra­do­ras revelaciones incluidas. Y también de pequeños y reiterados consejos, que sólo buscaron, como te ha constado siempre, iluminar el camino que conducía a tus propias respuestas. Y al escondido lugar donde tenías, bajo las gruesas telarañas de tu tristeza, la exacta imagen de una mujer joven, despierta, hábil, indiscutiblemente bella, saturada de sueños, a la simple espera de una mano cualquiera que, sin condición alguna, encienda la ­lámpara de sus ilusiones, conminándola a levantarse y caminar por sí misma.

En lo que a mí respecta, puedo confesarte ahora, no fue fácil manejar con habilidad mis enredados sentimientos de compasión, indignación, admiración, afecto, atracción y pena. Puede parecerte insólito, pero a ratos me sentía el ­profesor, explicándote con paciencia algunos conceptos de pedagogía. Luego, me sorprendía a mí mismo como sacerdote, predicando tolerancia y perdón a tu legión de deudores. Bajo otras circunstancias, podría haber sido algo parecido a un monje budista, proponiéndote sabias y finísimas distinciones en los diversos planos de tus sen­timientos. Por momentos, en cambio, era el ami­go que escuchaba ­atento y comprensivo, acom­pa­ñando tu rabia o tu tristeza. A ratos, simplemente, era un hombre ­fascinado con la irresistible belleza de tus ojos y el encanto inocultable de una perso­na­lidad más ­consistente y cautivante de la que aceptabas tener.

Pero no tengo dudas, te mantendrás fuera del hoyo. Escapaste ya de él desde hace un buen tiempo. Demasiada vida, muchachita de ojos tristes, para tirarla al abismo. Lo único que te pido es que el día en que decidas festejar tu resu­rrección como se debe, te acuerdes de tu ami­go, en cualquiera de sus múltiples facetas. Y separes una silla para él, no ­importa si a tu lado, en la mesa del banquete.

© LGO 1993

20.3.06

Ternura


untitled/ Copyright ©2005, juan carrillo 2005

El grito de esa niña mezclaba sentimientos de euforia, travesura y pánico. Quizás reflejaba el itinerario de los hechos: el desafío de trepar el metálico arco de fulbito, el esfuerzo desplegado, la alegría de la hazaña cumplida, el desconcierto del retorno a tierra, el impulso que la lleva a sostenerse del poste transversal, el equilibrio perdido... y el terror de sentirse colgada a metro y medio del suelo, el doble de su estatura.

Tal vez fue aquel el único episodio de ternura que pude presenciar esa mañana. Mientras yo terminaba de descifrar el significado de aquel extraño alarido (estaba distraído en la oficina de la directora terminando una entrevista), tú ya atravesabas el patio a toda carrera para evitar la inminente catástrofe. Fueron segundos. El golpe, de haberse producido, no iba a ser memorable. Técnicamente hablando, no había riesgo de desastre, no había un abismo sin fondo ni un estanque de cocodrilos bajos sus plantas. Pero la intención que movió tus pies no fue evitar un porrazo. Desde el momento en que la viste, lo sabías. Corriste para aliviar el miedo, para espantar la incertidumbre, la soledad del vacío y la impotencia. Y la abrazaste. La tuviste en tus brazos por un extenso minuto, colocando tu mejilla sobre su cabecita temblorosa y húmeda.

Ella callaba, luego murmuraba, después reía. No hubo llantos ese día. Sólo el disfrute del sorprendente regalo de amor que llegó en lugar de la vergüenza.

© LGO 1998

Viviana


ardilla en central park/ copyright © easynewyorkcity.com

Mi pequeña ardilla desapareció hace varios días. En vano he esperado cada mañana que aparezca, asomándose silenciosa entre las ramas, instalada en el nido abandonado de paloma, mirándome fijamente con esos lindos ojos pardos, que fueron la primera e inesperada señal de su presencia. Ahí siguen, al pie de mi ventana, los pedazos secos de zanahoria que pique para ella el otro miércoles. Nadie viene a recogerlos. Solo las aves de siempre, que han regresado a ocupar su lugar. Los gorriones, los picaflores, las palomas, los tordos, que empezaban a compartir ya sin aprehensiones la misma rama, el mismo paisaje, el mismo alpiste.

Nos habíamos acostumbrado tanto. El día que entró a mi cocina y me incliné a ofrecerle una nuez, me la aceptó con la misma serenidad con que comía de mi mano las uvas que le alcanzaba desde la ventana. Nunca intenté atraparla, ella había comprendido las reglas de ese breve y pequeño espacio de mutua aceptación que habíamos construido en silencio, regalándome su confianza.

Pero sabia que esto podía ocurrir. Todo empezó a terminar el día en que se le ocurrió explorar el otro lado de la casa. El patio contiguo era territorio absoluto de ese inmenso dogo blanco, de aspecto fiero y mirada triste, que la semana antepasada la había descubierto saltando sobre su palmera. Estaba bien aquí, en esa rama. Pero, gajes de la libertad, necesitaba arriesgarse, ensanchar sus límites, probarse a sí misma hasta donde era capaz de llegar. Se lanzo a explorar el otro borde del mundo que eligió como guarida, en busca de un nuevo árbol, otra ventana, quizás de otra mano amiga, sin presentir lo que estaba a punto de perder.

No la culpo. A nadie se le puede reprochar el tener fe. Pero lamento que haya otros de mi especie que se empeñen en creer que la única manera de convivir con los demás, sobre todo cuando sienten que deben protegerlos, es apropiándonos de ellos. Ahora debe estar enjaulada.

Su ultima elección fue quedarse en mi ventana. De todas las casas del parque, eligió la mía, para que fuese también la suya. Aunque, quizás no fue la ultima. La ultima fue irse. Conozco de eso. Lo siento tanto.

© LGO 2000

Te hiciste humo


untitled/ Copyright ©2005, juan carrillo 2005

Necesitas descansar. Esas fueron tus últimas palabras. Y vaya si me diste descanso. Desde entonces, no volví a saber más de ti. Te hiciste humo. Claro, yo comprendo. De un lado, ni el teléfono ni el ­papel llegaba a ser ya suficientes para confirmar un sentimiento pacientemente estimulado por la voz, el verbo y el recuerdo. Para sustituir la irremplazable fuerza de un beso o, más sencillamente, de un ­­holacomoestás que sirva de pretexto para rozar ­nuestras mejillas de una sola e inconfundible manera. ¿Cómo dar el paso que sigue a un travieso ­tesperoestanochelista, si entre tu ansiedad y mi deseo median irreductibles cerca de mil kilómetros de ­cordillera?


De otro lado, cómo no, también lo comprendo, los ­viejos miedos de siempre empezaron a acudir al sonido alertador de tu silbato. He aprendido a ­reconocer su cercanía cada vez que asoman. Bastó quizás una revelación ingenua de mi parte para convocarlos de manera desaforada. Si me confirmas esta penosa ­impresión, me apresuro a adelantar que no te culpo. El responsable soy yo.

Después de todo, las palabras, sea que viajen por carta o por el cable del teléfono, lo admito, pueden ser sólo un espejismo. Imposible reeditar en estos tiempos la ­notable performance de Siragno de Bergerac. Nada pareciera ser igual al tacto que estremece o al calor que agobia o al brillo inevitablemente revelador de una mirada franca. Es bueno por eso, lo concedo ahora, concluir estos amagos de romance epistolar absolutamente inconducentes.

Diría suspenderlos, hasta que la vida nos reúna en ­pocos meses, que así habrá de ocurrir al parecer, por gracia del destino. Pero prefiero decir concluirlos. Perdóname, inolvidable chica de humo, tan próxima a la imagen de mis fantasías, tan cálida y tan dulce, tan deseable, pero después de todo, quien no logra descubrir amor en un poema nacido de la más genuina admiración o en la cálida voz que te llama desde tan pero tan lejos para decir ­cómohasestado, más allá de cualquier dato demográfico, quizás le falte entrenamiento para ­reconocer después el rumor del amor, cuando logre susurrar, en vivo y en directo, con toda la fuerza de la piel, en sus desprevenidos tímpanos.

© LGO 1995

Chica de la boutique


manos/ Copyright ©2005, juan carrillo 2005

No tenías que ser amable. Bastaba indicarme el precio con desgano. Como hacen todas. Pero no. Tuviste que obstinarte en esa cortesía inoportuna y desconcertante para que sea yo quien termine, como siempre, ­pagando las ­consecuencias.

Debes ser nueva en la tienda. Nadie te ha advertido ­todavía. Demasiado bella para ser cortés. ­Naturalmente, yo te había preguntado. Que cuánto cuesta, que si hay mi talla, que si combina con mi saco, que si puedo probarme. Y claro, no tenías más remedio que contestar. Pero tu siclaroseñor paseporfavorpor­aquí siganomásqueyolealcanzo, pronunciado con tanto brillo, me animaba a quedarme.

No, no tenías que ser amable. Pero lo fuiste. Sería quizás por la presencia discreta y vigilante de tu jefa, aquella enorme mujer desparramada en el sillón del fondo (¿era tu jefa?) y camuflada bajo un sueño peligrosamente frágil. Sería quizás por la comisión de venta, siempre bienvenida, aún a costa de padecer ciertos ­indeseables ritos (¿lo era este?). O, a lo mejor, por la comprensible estimulación que generalmente provoca la llegada de un nuevo ­cliente, no importa si viejo o joven, gordo o delgado, calvo o peludo, billetón o misio.

Pero me hiciste la guardia en el probador. Y en el escaso metro cuadrado disponible, apenas cubierto por una cortina estrecha, voluble al viento, adelgazada a fuerza de mirarse a través de sus tejidos, me cambié de pantalón dos veces. ­Siempre bajo la atenta vigilancia de tus móviles zapatillas ­blancas, balanceándose en perfecta armonía con la melodía de Zombie, ese curioso producto musical del grupo Cramberries que dejaban ­escuchar los parlantes de la boutique.

Pero no era suficiente tu amabilidad ritual. Tenías, además que sonreírme. Y pronunciar, con mal ­disimulada admiración, qué bienlequedaseñor!. Para ­agregar con alevosía, esaesutalla!, levamejorelgris quelbeige, quedóperfecto! Qué manera tan abusiva de encadenar al mostrador a un indefenso cliente, que entra a un ­establecimiento como el tuyo apenas para adquirir una prenda con esfuerzo y salir corriendo, nunca para abonarse a un sueño y terminar pagándolo con tarjeta VISA.

Y me ofreciste medias, cinturón y camisa. Corbata no, pues apenas tenías una, rabiosamente lila y con ­motitas verdes. Me limité a pagar el ­pantalón elegido. Cuánto calor se siente aquí dentro, agregué entonces, intentando provocar un diálogo con la fórmula más universal de la galaxia. Y me sonreíste una vez más, mirándome a los ojos, ­asintiendo ­levemente tu cabeza en el más misterioso y cautivador de los silencios.

Demasiada electricidad para apagar la luz y salir ¿Me podrías mostrar las camisas que tienes? ¿cuál crees que combine mejor con el pantalón que estoy ­llevando? ¿cuánto me dijiste que costaba esta? ¿y cuánto aquella? ¿sabías que yo tengo una parecida a esa? ¿y esta de acá te gusta también? Ah, la ­mayéutica... Ahora el ­vendedor era yo.

Para qué repetir ahora tus respuestas. Si las recuerdo todas. Ya está dicho: demasiado hermosa, mujer, ­compréndelo, para permitirte en público ser tan ­elogiosa, gentil y encantadora. Estas técnicas modernas de marketing parecen haber sido diseñadas por un sádico experto, definitivamente especialista en soledad humana. Y vaya si así fuera. Podría haber salido de pobre hace mucho tiempo.

No lo vuelvas a hacer, anónima muchacha. No al menos hasta que ­regrese por las medias que me ofreciste. Y, claro, ­después por el ­cinturón. Y otro día por la camisa crema con rayas ­fucsia que me recomendaste llevar, no importa que ya tenga otra igualita.

Ah, y sepárame la corbata lila. Después vendré por ella. Al fin y al cabo, ­viéndolo bien y sin prejuicios, creo que el verde de sus motas combina a la perfección con el tono beige de tus ojos.

© LGO 1994

Estoy verde


lochergut/ Copyright ©2006, juan carrillo 2004

Casi no voy al concierto ¿sabes?. Tenía las entradas, pero solo, no, no lo hubiera hecho solo. Lo hice hace tres años, cuando se presentó Milanés en Bogotá. Y aunque las circunstancias fueron las mismas -un ­jugador que desiste horas antes del partido- aquel fue un coliseo, con tribunas, multitudes y tormenta y una noche lo suficientemente oscura, a pesar de los rayos, como para pasar desapercibido. La losa deportiva de la Universidad de Lima no era, como comprenderás, un escenario gualmente propicio.

Sería largo de explicar por qué no te avisé antes. Habrás de saber que hasta en los ejércitos más disciplinados existen ­deserciones y yo lamenté alguna aquella tarde. No vale la pena recordarlo ahora. Pero la otra mitad de mi argumento, por cierto, es quizás más pertinente, amiga mía. Tú perteneces a una galaxia inaccesible a mi deseo. Desde la distancia que separan mis ojos de la luna más visible de Júpiter, no puedo más que quererte con el mejor de mis instintos maternales (que también los tengo). No me apeno de ello y espero que a ti no te moleste.

Si no te he llamado antes para averiguar de tus ­andanzas, siempre imprevisibles, siempre emocionantes, ha sido sólo por dejar que se te pase el enojo. Tratándose de ti, extrañada fierecilla, comprenderás que no era poca cosa. Pero también para que el tiempo te haga ver que, a pesar de los malos entendidos, fuiste siempre un entrañable, ­intenso, enorme objeto de cariño de este remendado ­corazón, en remate ahora.

Los Enanos Verdes, sin embargo, tienen poder ­limpiador ¿verdad?. Y aquella noche de miércoles, francamente inolvidable, como la que vivimos dos años atrás colgados de una enredadera de maracuyá en el viejo Parque Salazar, era la indicada para borrar todas las manchas. Desde la infinita y zigzagueante cola que tuvimos que hacer, dos horas antes del concierto, hasta el providencial taxi en que te llevé a tu casa, a las 3.30 de la madrugada del jueves, todo acumuló ­material para el recuerdo.

El inventario puede ser exuberante. La ubicación tan próxima al lugar de los hechos, que tuvimos que proteger del entusiasmo ­colectivo, incluso cuando decidiste ir al baño a mitad del concierto y me dejaste a cargo del metro cuadrado tan esforzadamente ­conquistado. El balanceo de rigor en las canciones ­lentas y los saltos aeróbicos en las rápidas, que amenazaban la estabilidad de todos los que exhibíamos menos del metro ochenta y cinco de los gorilas que nos tocó de vecinos. La notable performance de Gianmarco y la ­inmediata rectificación que debimos hacer ambos a la injusta caricatura que teníamos del muchacho. Y, por su puesto, Marciano, Felipe, el Gordo -cómo se nota que han crecido, Che- inobjetables como ­siempre, haciendo estallar de euforia o encoger de tristeza a cinco mil corazones jóvenes (el mío incluido) al compás de Tus viejas cartas, Igual que ayer o El extraño de pelo largo.

Convendrás conmigo. Esa noche, empezando por tu amable e inesperada compañía, todo fue agradable, ­divertido, cien por ciento memorable.

¿Te acuerdas de ese muchachito de catorce que ­estaba a nuestra diestra?. Era un fanático culto. Conocía todas las letras. Recordaba ­todas las melodías. Hasta las cuatro canciones del último BING BANG, además de ­Lamento Boliviano, por ­supuesto, fueron coreadas con admirable fidelidad por el mocoso. Mejor no hablemos de amor, Yo pagaría, HIV... todas. Grandioso ¿no?

No te lo dije, pero no pude evitar evocar la imagen de mi hijo mayor, un contemporáneo de este adolescente, como sabes, alejado por las circunstancias desde hace varios, varios años. Pero esa noche ­comprendí al menos, que la música puede aproximar soledades y disipar miedos, aliviar culpas o reciclar con mágica facilidad las siempre ­esquivas ganas de vivir y amar, más allá de las edades, las distancias y las épocas. Si él hubiera sido el personaje, el adolescente de esa noche habría sido yo.

Demasiadas emociones juntas ¿verdad?. Juntas, además, en una suerte de batido masoquístico, inevitable de beber. No lo puedes entender, pero ­llegué al campus muy emocionado. Quizás, más de lo ­recomendable para ocasiones como ésta. Por eso, no lo hubiera resistido solo. Y aunque suenen egoístas estas frases, fuiste en aquel rato el salvoconducto ­preciso para ingresar y salir ileso, y por la puerta grande, de aquel pequeño mundo de felicidad estereofónica. No lo olvidaré.

Ayudáme ahora, Che Cantero, a expresarle a mi ­adorable amiga los sentimientos que resumen este hermoso sueño prestado por segunda vez. ¿Con cuál? Ah, sí, por supuesto, claro que la recuerdo: «Espero que el tiempo ahora no borre esa gente que tanto amoporque sin ellos no valgo nadasu almaes mi alimento».

Gracias, Marciano.

© LGO 1994

Te lo dije


battery park/ Copyright ©2005, juan carrillo 2003

«llorar sólo llorar
entonces su sonrisa
si todavía existe
se vuelve un arco iris»
(Mario Benedetti)

El arcoiris que dijiste que yo era, aquella noche amable y generosa en que tus palabras dulces acariciaron mi alma, había sido sólo un espejismo. Te lo dije. No era tal. O no tenía, en todo caso, olla de oro. No podías deslizarte en él. No duraba eternamente.

Un arcoiris resulta siendo siempre, irremediable, el volátil fruto de esa extraña conjunción entre la risa frágil de los hombres que alucinan con su felicidad y el pertinaz llanto de los cielos. Quizás lo que tú advertiste fue apenas el rápido fulgor de este ocasional fenómeno, extraño, absolutamente ajeno a mi ­naturaleza.

Pero si algo de color pudiste percibir con gran esfuerzo en mi gris mirada, es bueno y oportuno hacerte esta aclaración: nunca me propuse hacer méritos para ­alcanzar el beneficio de tan hermosa metáfora. De haberlo hecho, sin embargo, de haber tentado alguna vez asemejarme a ella, jamás se me hubiera ­ocurrido ­-desde esa identidad incomprensible- hurgar ni perseguir con mis colores la vida inabarcable de una mujer inmensa.

Has de saberlo, los arcoiris son discretos. No conozco de alguno que, desafiando las leyes ­celestiales, haya osado alguna vez meterse al ­dormitorio de alguna dama hermosa, bañando de ­colores su obstinada soledad de las mañanas.

Aunque quizá sí lo hice. Tal vez con el violeta, que es un color tierno e ­impregnable. Pero no con el rojo, el azul o el amarillo. Es decir, ningún representante de la ortodoxia ­arcoiriscil habría cometido tamaño atrevimiento. Tal vez con el naranja intenso, que suele penetrar las pupilas húmedas de las mujeres nostálgicas a la hora rutinaria del ocaso. Pero con el blanco y el negro, ­desafortunada metáfora de esa inmensa hilera de ­abismos que divide el mundo o que separa a los seres que se amaron con cautela alguna vez, con esos jamás.

Tal vez con el rosa, que envuelve el cielo de ­melancolía cualquiera de esas tardes solitarias en que los ojos de uno distraen por error el blanco gris de su mirada terrena, para lanzarla hasta las nubes que ­dibujan tu rostro sonriente. Pero con el sepia depresivo y añorante hasta el delirio, que encadena los recuerdos de las gentes, bien al borde de la noche, al ­presente de sus culpas no resueltas, con ese, ni hablar.

Tal vez con el verdeclaro, que alimenta el terco sueño de una mañana sin escándalos ni arrepentimientos ni puñales ni deberes conjugados con el odio exacto del reproche. Sí, tal vez fue con ese. Con el ­verdeoscuro no. Sería como lanzarle la piel de un sapo desollado a una princesa.

Y entonces, tal vez tengas razón. Arcoiris nacido de raíces tan humanas, al fin y al cabo, ¿cómo podría ­haber evitado esta pertinaz vocación de dualidad que distingue a los de nuestra raza?. Y entonces, tal vez tengas razón. Algunos colores traviesos pudieron permitirse atravesar, sin mi solemne permiso, el cálido umbral de tus sentimientos en alguna de aquellas breves e inolvidables noches de amistad sencilla, en que cruzaste el alegre sol de tu mirada con la triste lluvia de mi alma.

© LGO 1990

El rey de las flores


dying tulips/ Copyright ©2005, juan carrillo 2005

La magia del video me devolvió tu imagen. Después de tanto tiempo, tuve la ocasión de verte nuevamente ­bajando de un avión, rapado y flaco; de ver pasear tu desconcierto y tu silencio por otro aeropuerto internacional, tan extraño a tus hábitos, tan próximo al recuerdo de tu última visita a Lima, hace tres años, hace treinta años, hace tres días.

En el lapso de seis meses, que van desde el día de tu arribo a ese país hermoso pero ajeno, hasta hace ­apenas tres semanas, te he visto crecer en contextura, en seriedad, en pelo, incrustándote de a pocos en ­costumbres otra vez distantes a los borrosos ritos del Perú, tu país de origen. Haciendo tu mejor esfuerzo por nacer una vez más, bajo otra identidad, bajo otro cielo, ­mirando otro horizonte, probando otros afectos, quizá «otros padres». Ensayando otra sonrisa y dando cuerda, por enésima vez, a ese juguete complicado, caro y frágil llamado felicidad.

Pero tus ojos no me engañan. Detrás de esa mirada, profunda, ausente, melancólica, has escondido tus miedos. Por eso callas. Y te he visto nadar y remar y correr en bicicleta y palar la nieve o cortar el césped, refugiado siempre en tu silencio, peleándole a la vida en tercer round ese derecho a sentir propios los ­zapatos que te ofrecen, la cama en que ahora duermes y el camino que conduce hasta una casa que tampoco es la tuya. Te ha tocado nuevamente un paraíso. Con bosques y lagunas y cielo, abierto, azul, interminable. Sólo que esta vez, con desayuno incluído.

Eso me alegra mucho. Se acabaron, hijo, las disputas por pan frito con aceite ajeno. Se acabaron los ­reproches por hablar de cucarachas a la hora de la cena, sin haber cena. Se acabaron para siempre los calabozos y el látigo, los reproches, los gritos, los afectos postizos y esa larga hilera de mezquindades absurdas justificadas por la escasez. Y las lealtades obligadas bajo pena de muerte. Ya no tendrás que besarle la mano al dictador para evitar que su ira reviente sobre el rostro de la gente que amas. Se acabaron las culpas obsequiadas por la estupidez ajena. Y el amor propio hecho mierda. Y las huídas repentinas por las calles extrañas de ese ­futuro esquivo, prestado, indescifrable, en que te ha tocado vivir.

Luces bien con pelo corto. Linda casa. Hermosas esas niñas que frecuentan tu flamante hogar. Generosos tus tíos. Son inmensos. Te han llenado la bolsa de cariño. Pero ­comprendo la pregunta que se lee en tus ojos, en la misma mirada que hace un año se observaban en el rostro de tu hermana: ¿por qué he de ser feliz en tierra extraña?, ¿por qué debo pagar con «sobreprecio» el desayuno y la tranquilidad de mis mañanas?

Naciste dividido. Difícil reunir tus dos mitades. Ahora estás allá, sin embargo, sin ninguna de ellas, retado a construirte otro camino, solo. Sin mamá. Sin papá. Sin hermanas. Sin abuelos. Sin Martha. Si acaso es lo que quieres, si sientes que es la hora de cortar tus lazos y aprender a volar «como es debido», hacia una destino distinto al que aún se observa en la ventana de tus sueños, entonces hazlo. Sin volver la vista atrás. Sin arrepentimientos. Dispuesto a ganar esta partida. Si eso es lo que quieres.

Déjame decirte, sin embargo, desde este rincón solitario en que me hallo nuevamente refugiado, que el éxito no se compra a cualquier precio. No pagues más de lo que tienes. No rentes tu alma. Tampoco la vendas. El día que sientas necesario ­alcanzar el cielo, gánalo con tus propias manos.

Demasiado joven, hijo lindo, para desafiar a la tristeza y a la soledad del desarraigo. Demasiado joven para encerrar tu alma detrás de los muros fríos de esa seriedad aterradora, inconmovible, oscura, en la que te he visto sumergido. La llave de ese cuarto, te lo juro, es extraviable. Sus ventanas se clausuran lentamente con los años. El día en que por fin quieras salir, no habrá por dónde.

Mi alma se subleva. Necesito verte iluminado. No ­importa si con ropa nueva o disfrutando, una tarde de pesca en la laguna. Necesito verte entusiasmado. Dueño de tu risa y tu fortuna. Seguro y confiado, sin sospecha alguna. Jugando como antes con la vida, ­explosivo, travieso, inesperado, sonriéndole a la luna. Sin miedo de mostrar tu brillo, sin sombras, sin ­angustias, aunque sea sin nieve, aunque sea a pie, aunque sea conmigo.

Regresa a tus zapatos viejos. Cepíllate la risa, la misma que lucías hace seis años. Apaga si deseas la luz del escenario. Anuncia sin temores: señoras y señores, la ­función ha terminado. Regresa, de una vez, a darle vida a tu retrato. Regresa a tus juguetes viejos, al auto descompuesto, a tu payaso. Y no, no te preocupes. También han madurado. Tus pitufos no más, cuánto lo siento, tú sabes, se extraviaron.

Tampoco está tu skeyboard. Qué remedio. Tendremos que correr descalzos. Pero no hay tragedia, hijo. Estamos en edad, ahora sí, de jugar otros juegos. Jugaremos. Si tú quieres, jugaremos. Ahora estamos solos. El tablero es nuestro. Y te juro que esta vez, sin trampas, sin rivales, sin revanchas, sin revanchas, ganaremos.

Lima, jueves 12 de enero de 1995

© LGO 1995

Acting out


the dream/ Copyright ©2006, juan carrillo 2005

A ratos pensaba que era un poco tarde para despertarse. Que quizás era mejor enfundarse nuevamente en sus viejos sueños de consolación, cerrar las cortinas del cuarto y apagar el timbre del teléfono, ignorando la visible mudanza que acababa de producirse en su vida. Quedarse solo una vez más y a estas alturas del camino, como que exigía beneficio de inventario. Pero no parecía -al menos ese día- muy dispuesto a cerrar balance.

Sí, era mejor seguir dormido. Mejor que despertar y repasar, con la ansiedad de siempre, la misma hilera de imágenes esperando turno al otro lado del teléfono para escuchar tan sólo una palabra de sus labios. O, mejor aún, aguardando que asome desde el inexistente jardín de esa casa dividida, que ya no era la suya. Una hilera de fantasmas, deleznables al tacto, irreconocibles, extraños e indeseados, menos amable con su ritmo cardíaco de lo que él se obstinaba siempre en suponer.

Pero seguir durmiendo era una alternativa interesante por un segundo motivo. Su cansada mente podía entretenerse girando en recurrida alegoría la conocida rueda del éxito, con su amalgama de rutinas y rituales de predecible y calculada informalidad, de diálogos deliberada pero dignamente infructuosos, de reverencias e irreverencias disparadas a derecha e izquierda con solemne pretensión de sabiduría.

Definitivamente, era mejor soñar el éxito que actuarlo. Por lo menos esa mañana pos navideña, siempre oportuna para aletargar con inusitado placer aquellos entrenados ímpetus de futuro que corresponden, por supuesto, a todo profesional impecablemente preocupado por el futuro de su país.

Naturalmente, soñar el éxito no daba para comer. Pero la cena de navidad había sido propicia. Había amanecido incluso con un poco de indigestión. Esa mañana no necesitaba ganarse la vida. Ni la vida, de eso estaba inconmoviblemente persuadido, necesitaba ganarlo a él. Era a él a quien le urgía recuperarse a sí mismo, estando como estaba a ratos, a pocos metros de perderse. Y de perder también el deseo de volver a encontrarse o de extraviar, importantísimo, el recuerdo de su nuevo esquema corporal. Había que atajar el riesgo.

Esa mañana, por lo tanto, era la suya. Y el teléfono no sonó. Ni la luz del sol ingresó al cuarto. Y sus adorables fantasmas tomaron vacaciones. Por primera vez en mucho tiempo, se hizo cargo de sus propios sueños, anodinos, marginales, escandalosamente simples, reprochables de banalidad, pero deliciosamente dormido al arrullo incomparable de la voz de Laura Pausini.

© LGO