18.10.09

Adivinanza



Ahora llena tus manos y tus brazos, después se desvanece. Y no sabes cuándo ni hasta cuándo. Te embelesa y se desliza sigilosa por tus venas, se viste de sonrisa, se lacia el pelo, se transforma en email y hasta toma un nombre. Podría quizás volverse chocolate o comida orgánica, mejor aún un vaso de milkshake o un inesperado folletín de espectáculos que no te atreverás a usar.

Otro día se vuelve hemoglobina, te devuelve el color, las ganas de subirte al tren o de compartir una causa limeña con muchas decisiones alrededor. Se mete en el skype, se convierte en esquina, se delinea como símbolo de una mirada atenta o te llega como mensaje de texto. También es voz y por supuesto cortesías tiernas, risas inolvidables, manos, abrazos, una canción de Cabas, Gary Jules o Damien Rice. Después se va.

Aparece embalsamada por televisión encapsulando la voz con que aprendiste a escribir tu nombre o la mano de la que salieron los poemas con que fabricaste tu ternura o tu esperanza. Te sienta en pasadizos oscuros aguardando una muestra de sangre que podría traerte el ticket de un largo viaje. Te mete entre tus sábanas dejándote a solas con la melancolía. Se vuelve un frasco de pastillas o se convierte en lástima. Después se va.

Su ausencia puede ocurrir de a pocos y envolverte en la nostalgia hasta hacerte sangrar, tomar el rostro de lo imposible, confinarte detrás de los espejos, apagar tu confianza, endurecer tus dedos o encerrar en tu boca la palabra amor. Luego se va, sólo se va. Se va de tu costado o de tu lóbulo frontal, dejando tus recuerdos suspendidos en el aire. Luego se lleva el aire. Luego te transforma en recuerdo. Es un destino.

Pero aún estás aquí. Puedo adivinarlo.
Sólo que a ratos cabeceas.


Lima, 18 de octubre de 2009
Fotografía (c) Manuela/ www.flickr.com


16.8.09

Sinfín


Fotografía (c) bydiox/ www.flickr.com

No es que no valiera la pena decir nada, sino que lo sentía completamente innecesario. En el pequeño historial del que podía dar cuenta, una palabra, un gesto, un movimiento, una plática, una casualidad, una elipsis, alguna interrogación, una que otra especulación, se habían sumado al otro y al otro y después al otro y al siguiente episodio, hasta formar una cadena infinita de singulares apremios que exigían a gritos un desenlace.

Ese día, a esa hora, decidió que no había nada más que esperar. No necesitaba haber estudiado demasiado la psicología profunda de la comunicación humana para entender que la no-respuesta era también un desenlace. Un no-desenlace sistemático, recurrente, inacabable, es sin duda una manera algo ingrata e indeseable pero no imposible de concluir algo sin concluirlo, de escribir un epílogo con final abierto pero en el tercio inferior de la última página, sin espacio para nada más que no fueran una o muchas, demasiadas, conjeturas, ya sin posibilidad alguna de confirmación.

La tarde era gris y la repentina oscuridad del cielo anticipaba innecesariamente la noche. Las gentes caminaban en todas direcciones, empujadas por sus prisas personales, siguiendo el guión de su propia historia, en trance quizás por las consecuencias esperadas de su afán o angustiadas igualmente por su eventual desvanecimiento. En medio de esa casual colectividad de anónimos, decidió reorientar sus pasos, esta vez hacia el oeste. No es que no tuviera nada que decir o que pensara que sus palabras de ocasión carecieran de algún valor. Es sólo que, lo sabía, nada sería distinto después de ellas. Era mejor cambiar de rumbo.

Alguien podría haberle explicado la importancia de expresar a tiempo y con claridad las propias expectativas, para despejar desde el principio la mayor o menor probabilidad del resultado buscado. Pero ¿Qué pasa cuando el resultado es apenas una posibilidad que surge en medio del camino? ¿Qué sucede si su fragilidad la hace tan vulnerable a las palabras que el solo hecho de nombrarla podría hacerla desaparecer? ¿Qué ocurre si más que una premonición o un propósito es puro azar, que cobra forma, fuerza, realidad, en la medida que surge el interés y la oportunidad de un destino inesperado?

Alguien podría haberle explicado también la importancia de la paciencia y la perseverancia en el difícil arte de la persecución de los sueños, cualquiera fuese su entraña o dimensión. Pero la propia Biblia afirma con sabiduría que hay un tiempo para abrazarse y un tiempo para separarse, un tiempo para buscar y un tiempo para perder, un tiempo para guardar y un tiempo para tirar, un tiempo para callar y un tiempo para hablar. Y lo que sentía en ese desencantado y lúcido instante es que era tiempo de irse.

Lima, 16 de agosto de 2009

28.7.09

En busca del alma


Imagen (c) alterna boba y las terribles pecas/ www.flickr.com

Los niños son el símbolo del eterno matrimonio entre el amor y el deseo, decía Oscar Wilde. De eso no me cabe duda.

Uno de los objetos de mis deseos más intensos durante mi niñez fue la vieja máquina de escribir de mi padre. La primera vez que llamó mi atención yo era aún demasiado pequeño para intentar hacerlo algo útil con ella. Pero la curiosidad al final se abrió paso y empecé a hacerla funcionar del único modo que conocía, es decir, como un instrumento capaz de producir una hoja llena de palabras salidas de la propia cabeza. Porque jamás vi a mi papá copiar nada ni a nadie. Sólo se sentaba a pensar en silencio y a oprimir las teclas con cuidadoso esmero hasta llenar el papel con poemas o cartas dictadas por el corazón. Mientras más lo pienso, más me convenzo de que fue allí y no en la escuela cuando escribir se volvió para mí una actividad asociada al amor.

Uno de mis hijos, en cambio, detestó el lapicero desde sus primeras y muy poco gratas experiencias escolares. Fue recién en su adolescencia que pudo descubrir el teclado de una computadora como una puerta de escape que podía liberarlo por completo de él y de cualquier horrorosa obligación caligráfica derivada de su uso. Entonces empezó a escribir poemas y cuentos asombrosos y a vincular la producción de un texto sencillo con el sabor del elogio y con la genuina admiración de sus ocasionales lectores.

Ahora todos crecieron y han ido dejando atrás una manera de estar en el mundo, plagada de gritos desaforados, llantos repentinos, risas irreverentes y obstinaciones indoblegables, pero conservan intacta su divertida y tierna curiosidad por cualquier objeto, suceso, frase o personaje ligeramente fuera de lo común. Una cualidad que haría las delicias de Gianni Rodari, el notable escritor y maestro italiano que hizo del absurdo toda una pedagogía de la creatividad y que explica de un modo u otro la devota consagración al arte –la literatura, la escultura, el teatro, la música- de todos ellos.

Hoy los veo afrontando sus propios sueños e incertidumbres, tomando decisiones y haciéndose cargo de sí mismos, pero qué difícil dejar de asociar su juventud madura con el recuerdo de esa cadena interminable de episodios reveladores de un tiempo de espontaneidades, asombros e ingenuidades sin fin, tan útiles para ayudar completar en cada circunstancia el dibujo exacto de la imagen que ahora expresan. Hay situaciones que su memoria no registra ya, por lo que este fascinante ejercicio sigue siendo mi privilegio.

Cuando un niño destroza su juguete es porque está buscándole el alma, decía Víctor Hugo. Reconozco que escarbar la propia infancia y la de nuestros hijos en búsqueda de tesoros representa una aventura a veces difícil pues, como decía Benedetti, la niñez no es siempre ni sólo un paraíso. Pero creo sinceramente que es también una manera útil y a veces muy necesaria de buscar y completar las piezas de la propia alma.

Lima, 28 de julio de 2009

21.5.09

Partir es morir un poco


Fotografía (c) MrFoxTalbot/ www.flickr.com

Descubrí que este conocido adagio es el nombre de un cuento de Jacques Sternberg publicado en 1957, aunque la frase pertenecería al poeta francés Edmond Haracourt, nacido a mediados del siglo XIX. No importa. No he encontrado mejor frase para expresar cómo la ausencia prolongada o definitiva de alguien entrañable representa una experiencia de muerte para los que se quedan. Mario Benedetti ha partido hace pocos días y algo ha muerto en mí mismo. Me encontré con sus versos a mediados de los años 70, en el inicio de mi vida universitaria. Más tarde leería La Tregua, sus otras novelas y después sus cuentos. Con todos ellos fui construyendo respuestas a la larga lista de preguntas que brotaban de cada intensidad que me tocó vivir en esos años, tiempo difícil plagado de controversias políticas, sociales y otras muy mías.

Su sencilla, profunda, sabia y auténtica literatura alimentó mi sensibilidad social y mi sentido común frente a la vida, y me ayudó a caminar con menos inseguridad sobre esa tenue línea de frontera entre el desencanto y la esperanza, el amor y el desamor, la alegría y la tristeza, el temor y la confianza, pero siempre en dirección a la solidaridad y a la utopía, a la irrenunciable utopía de una sociedad más justa. Como diría Kavafis, siempre en camino a Ítaca, aún sin certezas absolutas y más allá de toda tentación de retorno. Se retrocede con seguridad pero se avanza a tientas, decía Mario. Pero se avanza siempre.

«Hermano cuerpo estás cansado/ desde el cerebro a la misericordia» escribió hace poco. Y tenía razón. Mario ya no está, su cuerpo no resistió más el inmenso trajín de una vida vivida, como el diría, «a ras de sueño». Pero saberlo allí, firmando autógrafos en cualquier librería madrileña o escribiendo su penúltimo libro, le daba a uno esa misma confianza que me otorgaba el saber que su «Inventario» estaba en el estante, siempre a mano, aunque no necesitáramos abrirlo a diario para repasar los poemas que ya teníamos grabados en el corazón.

Hay que amar con horror para salvarse, decías Mario. Tu vida fue un testimonio de eso y yo necesitaba testimoniar también, aún así, tan tenuemente, con vergonzosa modestia, todo lo que me dejas, bastante más que el astillero en que reparabas tus sueños o el pájaro aleatorio que surge del crepúsculo, la tajada de tu sombra o tu maceta con hierba buena. Te quedaban, en efecto, tantas cosas por legar y, sin embargo, ya no habrá ocasión para que escribas esta vez tu testamento de viernes.

1.2.09

Mate mortal


Fotografía © direceu.garcia/ www.flickr.com

La muchacha era inocente, pero ya no había forma de creer lo contrario. Nunca entendió, además, cómo empezó todo esto ni por qué terminó así. Tenía que marcharse cuanto antes, eso era lo único cierto ahora.

La institución era muy prestigiosa, aunque había allí gente dotada de esa repugnante cualidad de convertir cada espasmo de sinceridad en una afrenta, no sólo sin perder la calma sino, por el contrario, hinchándose de orgullo. Pero Alicia no pertenecía a esa clase. Su defecto, más bien, era la espontaneidad. Una espontaneidad civilizada e inocua pero lo suficientemente ingenua como para no advertir en qué circunstancias y con qué personas una simple exclamación o una expresión emotiva sobre cualquier trivialidad podía provocar agrado, recelo, simpatía u odio hasta los límites del infinito.

Fue así como aquel simple comentario sobre Susana terminó por incendiar la pradera. Y es que no tenía forma de saber que en el código de honor del grupo, ningún recién llegado podía atreverse a decir yo también puedo hacer eso sin decretar la alerta general. Susana no era la que saltaba más alto, pero ella creía que sí y era la capitana. Ninguno se habría atrevido a discutírselo. Movediza y locuaz, era de las convencidas de poder sustituir cualidades inexistentes con una cuota extra de personalidad. Pero ese era un tema prohibido y ponerlo en evidencia, de una u otra manera, era sin duda una osadía punible.

La noticia de aquella exclamación desafortunada empezó a relatarse a cada miembro del equipo que no la oyó, seguida invariablemente de la frase: cuidado con ella. Desde ese día, cada palabra pronunciada por Alicia pasaba por el escrutinio discreto pero implacable de la gente, ansiosamente expectante del primer desliz que confirmara la sospecha. Y cada vez que Alicia decía yo puedo, no importa en qué contexto o circunstancia, corría la voz de alarma: ¡era verdad…! Habría venido a desplazarlas.

Alicia no lo sabía, pues todos la saludaban con naturalidad. Sólo que cada ausencia suya era motivo para un comentario: ¿te fijaste en lo que dijo? Ella tampoco imaginaba que a las fabulaciones iniciales se irían sucediendo otras, conforme la perseverancia de sus compañeras en la observación de su comportamiento cotidiano fuera encontrando o imaginando más motivos para la sospecha. Cada efusión en el saludo a algún miembro del directorio, cada coincidencia con el administrador en el bus de retorno, cada distraído elogio que recibía del entrenador, era una magnífica razón para volver a repetir en los solitarios pasillos de aquel viejo coliseo el susurro de cada día: ¿te fijaste…?

No era sorprendente, entonces, que antes de cumplir su primer semestre, Alicia fuera para el resto del equipo una intrusa, una igualada, una coqueta y sobre todo, una saboteadora, que había llegado con la mezquina misión de apoderarse de la capitanía y desplazar a las más antiguas de las preferencias de los directivos.

Por la misma razón, no sorprendió tampoco que fuera separada por el entrenador apenas iniciado el campeonato, finalmente persuadido por sus demás pupilas de que Alicia era una conspiradora, que la habían visto conversando mucho con el gerente, que había trascendidos inquietantes de esas sospechosas pláticas y que su conducta traidora, tarde o temprano, terminaría haciéndolo su víctima. Julio no tenía ninguna evidencia de la veracidad de tales imputaciones, pero tampoco estaba dispuesto a echarse encima a las otras muchachas ni a convertirse él mismo en objeto de sus comentarios.

Lo realmente insólito fue la absurda y repentina muerte de Susana. En sus declaraciones a la policía, el entrenador dijo que las últimas palabras que le dirigió la capitana el día anterior fueron: si no me dejas participar en la selección del equipo titular del campeonato, me pego un tiro. Varias jugadoras corroboraron el testimonio, pero además juraron haber escuchado a Alicia murmurar en voz baja: yo también puedo hacer eso.

30.12.08

Carranza


Fotografía © donde se esconde el sol/ www.flickr.com

Decían que era un problema congénito, aunque nadie había visto nunca una prueba médica de tan temeraria aseveración. Lo cierto es que nadie se explicaba de manera lógica por qué un hombre que creció rodeado de tanto afecto y bienestar, se había habituado a despreciar de esa manera a sus semejantes. Era algo que no podía y a veces parecía no querer controlar, pese a los inconvenientes que esta mala actitud le había causado desde sus años escolares. Despreciaba por igual a amigos y enemigos. La mayor parte de las veces no podía disimularlo y hasta buscaba expresamente el gesto o las palabras más adecuadas para comunicar con la mayor contundencia posible el pobre concepto que tenía de la gente. Cuando la buena educación, que a ratos recordaba tener, o simplemente el interés de no arruinar una relación que le aportaba o podía aportarle algún beneficio, le impedían proferir algún dislate, su sonrisita burlona o sus ojos displicentes lo delataban irremediablemente.

Carranza tenía más de una razón para considerar a todos cuantos le rodeaban como seres inferiores en el mundo de los vivos. Podían ser y de hecho eran la mayor parte de las veces, las diferencias de información que había entre él y los demás. Le divertía, por ejemplo, escuchar a la gente especular acerca de temas respecto de los cuales él se hallaba mejor informado y los miraba con inocultable lástima. Pero podían ser también las diferencias de personalidad. Así, menospreciaba a los tímidos, a los que tardaban algo en hallar las palabras para expresarse mejor, a los impulsivos, a los gentiles, a los osados y en especial a los agresivos, pues le obligaban a prescindir de sus máscaras y a vomitarles su odio sin eufemismos de ninguna especie.

Era sin duda un hombre inteligente, recorrido y decidido. Además, cuando se trataba de ganar la voluntad de algún sujeto con más poder que él, podía llegar a ser insospechadamente persuasivo. Se sabía capaz de halagar e impresionar a estos personajes, convenciéndolos de merecerles una opinión exactamente opuesta a la que en realidad tenía de ellos. Quienes lo conocen desde los tiempos en que no ocupaba ningún lugar jerárquico en institución alguna, lo recuerdan más amable y algo más necesitado de aprobación social. Pero creen recordar también que el bicho de la arrogancia ya residía en su alma. Es más, antiguos compañeros de oficio dicen que su estrategia para escalar posiciones fue hacer visible de manera discreta pero sistemática los defectos de sus colegas, protegido siempre en el valor de la sinceridad, y sugerirles a sus jefes, de un modo más o menos tácito pero reiterado, las cualidades que hacían de sí mismo un profesional superior.

El problema de Carranza residía en su profunda incapacidad para sostener una discusión con personas tanto o mejor informadas que él, con similar experiencia, mejor control de sus emociones y, por añadidura, bastante poco necesitadas de su amistad o sus favores. Es que el resultado de esa peligrosa combinación podía significar por ejemplo que sus insinuaciones fueran detectadas y respondidas de inmediato; u obtener como espontánea reacción a sus ironías un sarcasmo más contundente, exponerse a argumentos muy difíciles de refutar con una simple burla o ser víctima de mortíferas laceraciones a su vanidad. Como comprenderán, tenía pavor al ridículo.

Cada vez que esto pasaba o podía pasar, Carranza se ponía mal. Y su malestar podía tomar múltiples formas. A veces le bajaba la presión, logrando que sus interlocutores tornaran su fastidio en compasión y lo colmaran de atenciones. Otras veces se aventuraba en una extenuante apología de sí mismo, mostrándose como un luchador honrado e infatigable a favor de las mismas causas de sus eventuales co-tertulios y, al mismo tiempo, una pobre víctima de sus circunstancias. Cualquiera de sus ardides, sin embargo, no servían en absoluto para atenuar su desprecio. Podía modular su agresividad, pero seguía considerando a la gente que osaba disentir de sus decisiones, tosquedades o agravios como sus adversarios y a sus adversarios, como insectos que merecían ser aplastados.

El hombre revuelve su café. Acomoda los gruesos lentes en su ajado rostro y relata con voz grave escogidos episodios de su penosa trayectoria, como dando cuenta de una santa cruzada contra la ignorancia, la incompetencia y la deslealtad de la que estuvo infortunadamente rodeado el camino de su vida. Abre los ojos, agita el puño, golpea el escritorio con sus gafas para acentuar sus palabras y resaltar el pretendido heroísmo de sus decisiones, esforzándose por asignar un tono épico a aquella caprichosa versión de su propia historia. Ahora sin poder, despreciado y desplazado a su vez por gente como él pero con credenciales mayores, Carranza se siente envidiado e incomprendido. Intentó en vano regresar al mundo del que provino. Su repentina, esforzadísima y desconcertante afabilidad no fue suficiente para inducir a sus viejos conocidos a olvidar tan fácilmente su casi biológica incapacidad para dejar de despreciar incluso a la gente que le amaba.

LGO, 29 de diciembre de 2008

Elogio del cansancio


Fotografía © s-revenge/ http://www.flickr.co/

Primero es abrir los ojos, despegar los párpados y fijar la vista en la luz que penetra las persianas de mi habitación. Después vendrán la ducha y el café, la rauda revisión de mis últimos e-mails, el primer taxi del día, los buenos días de rigor, el teléfono, el encendido de mi máquina, mi primera conversación. Al iniciar cada mañana mis rutinas se desperezan, se acomodan y se ordenan lentamente a la espera de su turno. Todas tendrán su tiempo y lo saben, pero hay una que no podrá aguardar e invadirá con obstinación el lugar de las demás, una y otra vez, en cualquier recodo del día. El sueño se agazapa siempre en las rendijas. Será quizás por ser la más traicionada y desairada, la que más crédito me otorga desde hace tantos años y la que más derecho tiene de cobrarme la abultada cuenta. Será quizás porque tampoco me disgusta estacionarme en esa mágica y difusa frontera que lo separa de la vigilia diligente, levantando por instantes la lona en que se esconde la zona más oscura de mis pensamientos.

El sueño se agazapa siempre en las rendijas. Podrían ser las vitaminas, podrían ser algunas de mis demás rutinas, agregándose unas a otras sin permiso de mi cuerpo ni piedad con mi atormentada espalda, podría ser la ansiedad por todo lo que deseo o necesito hacer y no consigo terminar o empezar siquiera, podría ser por la angustia que regresa a ratos con terquedad, consumiendo mi hemoglobina con la misma voracidad de hace dos años. De un modo u otro, el sueño se agazapa siempre en las rendijas. Muchas veces quiero pero no puedo evitarlo, aunque sí he logrado impedir que interrumpa mi quehacer, mi quehacer desesperado, mi afán empecinado en recuperar el excesivo tiempo invertido en sembrar y sembrar a lo largo de mis vidas anteriores, en mis múltiples ensayos, en mis numerosos errores, en hallarme al fin y en decidirme a ser sin más permisos.

Es verdad, el sueño se agazapa siempre en las rendijas. Pero eso es bueno, si lo miramos bien. Es bueno dejar que el sueño nos invada, a tiempo y a destiempo, para no levantar tienda en las rutinas ni dejarse seducir por la falsa sensación de la llegada, para no poner la vida en automático, para no caer en la tentación de mirar para atrás. Por segundos las brumas se hacen claras, las emociones contenidas adoptan la forma de algún extraño personaje, los mundos se salen de sus órbitas y de pronto se rozan, iluminando por instantes los habitualmente oscuros caminos del encuentro. No dura mucho, es verdad, pero me basta. El sueño se agazapa siempre en las rendijas, como un destino. No me disgusta. No demasiado. No siempre. No si no me obliga a parpadear cuando mis ansias están de ojos abiertos. Apenas eso.

28 de diciembre de 2008