21.5.09

Partir es morir un poco


Fotografía (c) MrFoxTalbot/ www.flickr.com

Descubrí que este conocido adagio es el nombre de un cuento de Jacques Sternberg publicado en 1957, aunque la frase pertenecería al poeta francés Edmond Haracourt, nacido a mediados del siglo XIX. No importa. No he encontrado mejor frase para expresar cómo la ausencia prolongada o definitiva de alguien entrañable representa una experiencia de muerte para los que se quedan. Mario Benedetti ha partido hace pocos días y algo ha muerto en mí mismo. Me encontré con sus versos a mediados de los años 70, en el inicio de mi vida universitaria. Más tarde leería La Tregua, sus otras novelas y después sus cuentos. Con todos ellos fui construyendo respuestas a la larga lista de preguntas que brotaban de cada intensidad que me tocó vivir en esos años, tiempo difícil plagado de controversias políticas, sociales y otras muy mías.

Su sencilla, profunda, sabia y auténtica literatura alimentó mi sensibilidad social y mi sentido común frente a la vida, y me ayudó a caminar con menos inseguridad sobre esa tenue línea de frontera entre el desencanto y la esperanza, el amor y el desamor, la alegría y la tristeza, el temor y la confianza, pero siempre en dirección a la solidaridad y a la utopía, a la irrenunciable utopía de una sociedad más justa. Como diría Kavafis, siempre en camino a Ítaca, aún sin certezas absolutas y más allá de toda tentación de retorno. Se retrocede con seguridad pero se avanza a tientas, decía Mario. Pero se avanza siempre.

«Hermano cuerpo estás cansado/ desde el cerebro a la misericordia» escribió hace poco. Y tenía razón. Mario ya no está, su cuerpo no resistió más el inmenso trajín de una vida vivida, como el diría, «a ras de sueño». Pero saberlo allí, firmando autógrafos en cualquier librería madrileña o escribiendo su penúltimo libro, le daba a uno esa misma confianza que me otorgaba el saber que su «Inventario» estaba en el estante, siempre a mano, aunque no necesitáramos abrirlo a diario para repasar los poemas que ya teníamos grabados en el corazón.

Hay que amar con horror para salvarse, decías Mario. Tu vida fue un testimonio de eso y yo necesitaba testimoniar también, aún así, tan tenuemente, con vergonzosa modestia, todo lo que me dejas, bastante más que el astillero en que reparabas tus sueños o el pájaro aleatorio que surge del crepúsculo, la tajada de tu sombra o tu maceta con hierba buena. Te quedaban, en efecto, tantas cosas por legar y, sin embargo, ya no habrá ocasión para que escribas esta vez tu testamento de viernes.

1.2.09

Mate mortal


Fotografía © direceu.garcia/ www.flickr.com

La muchacha era inocente, pero ya no había forma de creer lo contrario. Nunca entendió, además, cómo empezó todo esto ni por qué terminó así. Tenía que marcharse cuanto antes, eso era lo único cierto ahora.

La institución era muy prestigiosa, aunque había allí gente dotada de esa repugnante cualidad de convertir cada espasmo de sinceridad en una afrenta, no sólo sin perder la calma sino, por el contrario, hinchándose de orgullo. Pero Alicia no pertenecía a esa clase. Su defecto, más bien, era la espontaneidad. Una espontaneidad civilizada e inocua pero lo suficientemente ingenua como para no advertir en qué circunstancias y con qué personas una simple exclamación o una expresión emotiva sobre cualquier trivialidad podía provocar agrado, recelo, simpatía u odio hasta los límites del infinito.

Fue así como aquel simple comentario sobre Susana terminó por incendiar la pradera. Y es que no tenía forma de saber que en el código de honor del grupo, ningún recién llegado podía atreverse a decir yo también puedo hacer eso sin decretar la alerta general. Susana no era la que saltaba más alto, pero ella creía que sí y era la capitana. Ninguno se habría atrevido a discutírselo. Movediza y locuaz, era de las convencidas de poder sustituir cualidades inexistentes con una cuota extra de personalidad. Pero ese era un tema prohibido y ponerlo en evidencia, de una u otra manera, era sin duda una osadía punible.

La noticia de aquella exclamación desafortunada empezó a relatarse a cada miembro del equipo que no la oyó, seguida invariablemente de la frase: cuidado con ella. Desde ese día, cada palabra pronunciada por Alicia pasaba por el escrutinio discreto pero implacable de la gente, ansiosamente expectante del primer desliz que confirmara la sospecha. Y cada vez que Alicia decía yo puedo, no importa en qué contexto o circunstancia, corría la voz de alarma: ¡era verdad…! Habría venido a desplazarlas.

Alicia no lo sabía, pues todos la saludaban con naturalidad. Sólo que cada ausencia suya era motivo para un comentario: ¿te fijaste en lo que dijo? Ella tampoco imaginaba que a las fabulaciones iniciales se irían sucediendo otras, conforme la perseverancia de sus compañeras en la observación de su comportamiento cotidiano fuera encontrando o imaginando más motivos para la sospecha. Cada efusión en el saludo a algún miembro del directorio, cada coincidencia con el administrador en el bus de retorno, cada distraído elogio que recibía del entrenador, era una magnífica razón para volver a repetir en los solitarios pasillos de aquel viejo coliseo el susurro de cada día: ¿te fijaste…?

No era sorprendente, entonces, que antes de cumplir su primer semestre, Alicia fuera para el resto del equipo una intrusa, una igualada, una coqueta y sobre todo, una saboteadora, que había llegado con la mezquina misión de apoderarse de la capitanía y desplazar a las más antiguas de las preferencias de los directivos.

Por la misma razón, no sorprendió tampoco que fuera separada por el entrenador apenas iniciado el campeonato, finalmente persuadido por sus demás pupilas de que Alicia era una conspiradora, que la habían visto conversando mucho con el gerente, que había trascendidos inquietantes de esas sospechosas pláticas y que su conducta traidora, tarde o temprano, terminaría haciéndolo su víctima. Julio no tenía ninguna evidencia de la veracidad de tales imputaciones, pero tampoco estaba dispuesto a echarse encima a las otras muchachas ni a convertirse él mismo en objeto de sus comentarios.

Lo realmente insólito fue la absurda y repentina muerte de Susana. En sus declaraciones a la policía, el entrenador dijo que las últimas palabras que le dirigió la capitana el día anterior fueron: si no me dejas participar en la selección del equipo titular del campeonato, me pego un tiro. Varias jugadoras corroboraron el testimonio, pero además juraron haber escuchado a Alicia murmurar en voz baja: yo también puedo hacer eso.

30.12.08

Carranza


Fotografía © donde se esconde el sol/ www.flickr.com

Decían que era un problema congénito, aunque nadie había visto nunca una prueba médica de tan temeraria aseveración. Lo cierto es que nadie se explicaba de manera lógica por qué un hombre que creció rodeado de tanto afecto y bienestar, se había habituado a despreciar de esa manera a sus semejantes. Era algo que no podía y a veces parecía no querer controlar, pese a los inconvenientes que esta mala actitud le había causado desde sus años escolares. Despreciaba por igual a amigos y enemigos. La mayor parte de las veces no podía disimularlo y hasta buscaba expresamente el gesto o las palabras más adecuadas para comunicar con la mayor contundencia posible el pobre concepto que tenía de la gente. Cuando la buena educación, que a ratos recordaba tener, o simplemente el interés de no arruinar una relación que le aportaba o podía aportarle algún beneficio, le impedían proferir algún dislate, su sonrisita burlona o sus ojos displicentes lo delataban irremediablemente.


Carranza tenía más de una razón para considerar a todos cuantos le rodeaban como seres inferiores en el mundo de los vivos. Podían ser y de hecho eran la mayor parte de las veces, las diferencias de información que había entre él y los demás. Le divertía, por ejemplo, escuchar a la gente especular acerca de temas respecto de los cuales él se hallaba mejor informado y los miraba con inocultable lástima. Pero podían ser también las diferencias de personalidad. Así, menospreciaba a los tímidos, a los que tardaban algo en hallar las palabras para expresarse mejor, a los impulsivos, a los gentiles, a los osados y en especial a los agresivos, pues le obligaban a prescindir de sus máscaras y a vomitarles su odio sin eufemismos de ninguna especie.

Era sin duda un hombre inteligente, recorrido y decidido. Además, cuando se trataba de ganar la voluntad de algún sujeto con más poder que él, podía llegar a ser insospechadamente persuasivo. Se sabía capaz de halagar e impresionar a estos personajes, convenciéndolos de merecerles una opinión exactamente opuesta a la que en realidad tenía de ellos. Quienes lo conocen desde los tiempos en que no ocupaba ningún lugar jerárquico en institución alguna, lo recuerdan más amable y algo más necesitado de aprobación social. Pero creen recordar también que el bicho de la arrogancia ya residía en su alma. Es más, antiguos compañeros de oficio dicen que su estrategia para escalar posiciones fue hacer visible de manera discreta pero sistemática los defectos de sus colegas, protegido siempre en el valor de la sinceridad, y sugerirles a sus jefes, de un modo más o menos tácito pero reiterado, las cualidades que hacían de sí mismo un profesional superior.

El problema de Carranza residía en su profunda incapacidad para sostener una discusión con personas tanto o mejor informadas que él, con similar experiencia, mejor control de sus emociones y, por añadidura, bastante poco necesitadas de su amistad o sus favores. Es que el resultado de esa peligrosa combinación podía significar por ejemplo que sus insinuaciones fueran detectadas y respondidas de inmediato; u obtener como espontánea reacción a sus ironías un sarcasmo más contundente, exponerse a argumentos muy difíciles de refutar con una simple burla o ser víctima de mortíferas laceraciones a su vanidad. Como comprenderán, tenía pavor al ridículo.

Cada vez que esto pasaba o podía pasar, Carranza se ponía mal. Y su malestar podía tomar múltiples formas. A veces le bajaba la presión, logrando que sus interlocutores tornaran su fastidio en compasión y lo colmaran de atenciones. Otras veces se aventuraba en una extenuante apología de sí mismo, mostrándose como un luchador honrado e infatigable a favor de las mismas causas de sus eventuales co-tertulios y, al mismo tiempo, una pobre víctima de sus circunstancias. Cualquiera de sus ardides, sin embargo, no servían en absoluto para atenuar su desprecio. Podía modular su agresividad, pero seguía considerando a la gente que osaba disentir de sus decisiones, tosquedades o agravios como sus adversarios y a sus adversarios, como insectos que merecían ser aplastados.

El hombre revuelve su café. Acomoda los gruesos lentes en su ajado rostro y relata con voz grave escogidos episodios de su penosa trayectoria, como dando cuenta de una santa cruzada contra la ignorancia, la incompetencia y la deslealtad de la que estuvo infortunadamente rodeado el camino de su vida. Abre los ojos, agita el puño, golpea el escritorio con sus gafas para acentuar sus palabras y resaltar el pretendido heroísmo de sus decisiones, esforzándose por asignar un tono épico a aquella caprichosa versión de su propia historia. Ahora sin poder, despreciado y desplazado a su vez por gente como él pero con credenciales mayores, Carranza se siente envidiado e incomprendido. Intentó en vano regresar al mundo del que provino. Su repentina, esforzadísima y desconcertante afabilidad no fue suficiente para inducir a sus viejos conocidos a olvidar tan fácilmente su casi biológica incapacidad para dejar de despreciar incluso a la gente que le amaba.

LGO, 29 de diciembre de 2008

Elogio del cansancio


Fotografía © s-revenge/ http://www.flickr.co/

Primero es abrir los ojos, despegar los párpados y fijar la vista en la luz que penetra las persianas de mi habitación. Después vendrán la ducha y el café, la rauda revisión de mis últimos e-mails, el primer taxi del día, los buenos días de rigor, el teléfono, el encendido de mi máquina, mi primera conversación. Al iniciar cada mañana mis rutinas se desperezan, se acomodan y se ordenan lentamente a la espera de su turno. Todas tendrán su tiempo y lo saben, pero hay una que no podrá aguardar e invadirá con obstinación el lugar de las demás, una y otra vez, en cualquier recodo del día. El sueño se agazapa siempre en las rendijas. Será quizás por ser la más traicionada y desairada, la que más crédito me otorga desde hace tantos años y la que más derecho tiene de cobrarme la abultada cuenta. Será quizás porque tampoco me disgusta estacionarme en esa mágica y difusa frontera que lo separa de la vigilia diligente, levantando por instantes la lona en que se esconde la zona más oscura de mis pensamientos.

El sueño se agazapa siempre en las rendijas. Podrían ser las vitaminas, podrían ser algunas de mis demás rutinas, agregándose unas a otras sin permiso de mi cuerpo ni piedad con mi atormentada espalda, podría ser la ansiedad por todo lo que deseo o necesito hacer y no consigo terminar o empezar siquiera, podría ser por la angustia que regresa a ratos con terquedad, consumiendo mi hemoglobina con la misma voracidad de hace dos años. De un modo u otro, el sueño se agazapa siempre en las rendijas. Muchas veces quiero pero no puedo evitarlo, aunque sí he logrado impedir que interrumpa mi quehacer, mi quehacer desesperado, mi afán empecinado en recuperar el excesivo tiempo invertido en sembrar y sembrar a lo largo de mis vidas anteriores, en mis múltiples ensayos, en mis numerosos errores, en hallarme al fin y en decidirme a ser sin más permisos.

Es verdad, el sueño se agazapa siempre en las rendijas. Pero eso es bueno, si lo miramos bien. Es bueno dejar que el sueño nos invada, a tiempo y a destiempo, para no levantar tienda en las rutinas ni dejarse seducir por la falsa sensación de la llegada, para no poner la vida en automático, para no caer en la tentación de mirar para atrás. Por segundos las brumas se hacen claras, las emociones contenidas adoptan la forma de algún extraño personaje, los mundos se salen de sus órbitas y de pronto se rozan, iluminando por instantes los habitualmente oscuros caminos del encuentro. No dura mucho, es verdad, pero me basta. El sueño se agazapa siempre en las rendijas, como un destino. No me disgusta. No demasiado. No siempre. No si no me obliga a parpadear cuando mis ansias están de ojos abiertos. Apenas eso.

28 de diciembre de 2008

2.2.07

Defensa de la tristeza


Copyright ©2005, juan carrillo 2001

«A veces por supuesto usted sonríe y no importa lo linda o lo fea lo vieja o lo joven lo mucho o lo poco que usted realmente sea». Esto escribió Benedetti en 1964, en pleno discurrir de mi infancia. No tenía idea entonces de cuántas cosas era capaz de cambiar, borrar o disimular una simple sonrisa, aunque fuese por un instante fugaz. «Sonríe cual si fuese una revelación –prosigue el poeta- y su sonrisa anula todas las anteriores, caducan al instante sus rostros como máscaras sus ojos duros frágiles como espejos en óvalo, su boca de morder su mentón de capricho sus pómulos fragantes sus párpados su miedo». Tremendo poder. «Sonríe y usted nace, asume el mundo mira sin mirar indefensa desnuda transparente». Pero acá viene la parte más interesante: «y a lo mejor si la sonrisa viene de muy de muy adentro, usted puede llorar sencillamente, sin desgarrarse sin desesperarse sin convocar la muerte ni sentirse vacía, llorar sólo llorar». Mario finalmente tiene que aceptar que aún la mayor sonrisa no dura para siempre. En lo mejor del gesto, en su momento de mayor brillo, magia y seducción, podría escaparse una lágrima. Claro, Benedetti termina el poema de manera generosa: «entonces su sonrisa si todavía existe se vuelve un arco iris». Es posible. Pero el hecho es que ni toda la magnitud de sus dones pudo evitar que asome la tristeza. ¿Por qué?

Tremenda pregunta. Así como hay infinitos motivos para sonreír a lo largo de una vida, puede haberlos también para llorar. Pero lo curioso es que las sonrisas por lo común afloran al instante, estallan en el rostro como un dato inevitable del espíritu, no se guardan para después. No pasa lo mismo con el llanto. Cuántas lágrimas no llegan a nacer detenidas justo al borde de los párpados, estrelladas en un muro de orgullo o de vergüenza. No se puede llorar, sólo llorar, delante de la gente. No siempre se puede, no siempre conviene, no siempre se quiere.

Se escucha decir con frecuencia, aunque cuesta creerlo, que cada ser humano tiene una suerte de apuntador misterioso de todos sus motivos para llorar. Quiero decir, un personaje incorpóreo, no se si un duende o acaso un ángel, que escribe en un cuaderno todas las circunstancias que nos provocan dolor sin que logremos llorar. Así, uno acumularía a lo largo de su existencia, cientos, miles de cuadernos con el minucioso registro de cada llanto que no fue. En los míos debe figurar seguramente el primer bofetón que recibí a los seis años por romper una botella de aceite que se resbaló sin querer, el puñetazo aquel de mi primera bronca involuntaria apenas iniciado el segundo grado, el abusivo que me esperaba cada tarde a la salida del colegio para burlarse sin compasión, los siete años de ausencia de mis hijos, el extravío de mi perro en el atardecer de su vida, la imposible muerte del pequeño Olafo, la frase repentina que te indica la caída de todos los respetos, la invasión del desprecio allí donde antes habitó el amor, la cruel denigración de los recuerdos que hasta entonces sostenían tu ilusión de vivir, la indiferencia que llega a tomar el lugar de la ternura, el vacío sin fin del que no puedes huir, la carta que se perdió, el error que no se puede enmendar, la hipertensión de mi hija, la obstinada agonía de mi padre, la muerte de mis amigos, el triunfo del miedo sobre el amor, mi espalda cada tarde. Es mejor no continuar.

Pero, escúchenlo bien, dicen también que cada vez que el apuntador llena un cuaderno, te asoma una lágrima furtiva o te sobreviene de pronto un llanto inexplicable. Es decir, se produce un desembalse, quizás por embotamiento, quizás por la agitación que supone trasladar el cuaderno concluido hasta el almacén. Eso explicaría el poema de Mario. La muchacha sonríe cual si fuese una revelación, pero al final puede llorar, llorar sencillamente. Es que se le acabó un cuaderno. Se le ocurrió sonreír justo cuando se le acabó un cuaderno. Lo que quiere decir que podría no detectar jamás de donde le vinieron esas ganas. Había llenado un cuaderno de motivos. Cualquiera pudo ser. O pudo ser el último y esa lágrima, antes de salir al exterior, pudo a su vez haber cogido de la mano a todas las lágrimas que encontró a su paso, solitarias, melancólicas, adormiladas, acabando por misericordia con su eterna espera. Así se explican los llantos inexplicables. Ahora ya lo sabes.

A nadie escandaliza una sonrisa. Nos parece natural, grato y tan deseable que la gente lo haga a cada rato cada día. Más aún si esa sonrisa banaliza lo lindo o lo feo lo viejo o lo joven lo mucho o lo poco que uno realmente sea. Deberíamos, entonces, hacer también un pacto por el llanto. Asumir que la gente tiene el mismo derecho a llorar, en algún momento, en cualquier esquina, mientras come, camina o envía un e-mail, cada día si acaso tiene en su haber un superávit de cuadernos agotados o cada semana al menos, a fin de balancear las cosas y darle también su oportunidad a la tristeza. Llorar, sólo llorar, sin desgarrarnos, sin desesperarnos, sin convocar la muerte ni sentirnos vacíos. Sin provocar sobresaltos, sin que nadie corra ni se alarme. Si Mario tiene razón y acaso nuestra sonrisa aún existe, quizás se vuelva un arco iris.

LGO, Febrero 2007